El origen del sufrimiento es el apego

Buda

Hasta ahora, todos seguimos creyendo que la vida es una serie de interacciones con personas, objetos, situaciones y circunstancias que nos moldean y determinan. Pensamos que el bienestar y el malestar provienen de todo aquello con lo que nos involucramos y, a partir de nuestro agrado o desagrado, desarrollamos formas de apego o evasión.

Creemos que aferrándonos o huyendo de algo o alguien podremos satisfacer nuestras necesidades, ser felices y sentirnos seguros o, en el otro extremo, evitar la inseguridad y el dolor. Pero nunca sucede ninguna de las dos cosas: cuanto más nos apegamos más esquivo se vuelve lo que deseamos; mientras más evadimos, más se acerca y crece lo que nos amenaza.

Esto pasa porque tratamos de controlar la realidad exterior y no la interior, para que cambie, vuelva a ser como era o se quede como está, pero, a fin de cuentas, sea como creemos que “debe ser”.

Ciertamente podemos modificarla, pero cualquiera que sea la forma en que lo hagamos, sin haberla aceptado antes tal cual es, siempre se volverá en nuestra contra, porque las emociones que tenemos respecto de lo que nos gusta o nos disgusta distorsionan nuestra percepción de la realidad, que entonces deja de serlo y se convierte en una idea y un sentimiento sobre lo que es.

Aquí, efectivamente, está el “truco”: los bienes y los males no están en el mundo que nos rodea. Éste es como es. Están en nuestra mente, son formas de interpretarlo y, en consecuencia, de sentirnos y actuar.

Así que cuando está aferrado o aferrada a una persona, un objeto, una posición social, una situación o cualquier circunstancia, lo está en realidad a la forma en que ha decidido sentirse al respecto, a sabiendas o no. Porque vida es experiencia y ésta, sin excepción, es una cuestión estrictamente interna y personalísima, que procede de su percepción sobre algo, normada predominantemente por creencias colectivas, de ahí que podamos tener visiones del mundo coincidentes con las de otras personas, para bien o para mal, pero también opiniones propias, pues lo que a usted le molesta, a otro le puede ser grato.

Si comprendemos que en realidad no estamos viendo el mundo externo, sino solo la imagen mental que nos hacemos de él a partir del agrado o desagrado que nos causa una interacción con algo o alguien, entenderemos que en realidad nos aferramos o huimos de formas de sentirnos.

Esto podemos confirmarlo cuando nos damos cuenta de que en un momento determinado pudimos cambiar una circunstancia exterior que nos estaba causando malestar, pero poco después, si no es que inmediatamente, surgió otra que nos hizo sentir igual. Esto nos ha pasado a todos.

Este es, por cierto, uno de los factores por los cuales hay quien nunca alcanza lo que cree que desea: se apega a la insatisfacción y las emociones que conlleva. Querer algo que nunca se logra es la justificación de la víctima o del eterno buscador de placer, compensación inmediata, poder y estatus.

En ambos casos, encontrarán siempre la persona, objeto, situación o circunstancia que les permita seguir sintiéndose como han elegido sentirse y continuar pensando que no es una elección propia, porque la causa es externa. No captan la trampa interna.

Toda creencia es una creatura social; posteriormente, una reafirmación o una modificación personal. Pero al fin y al cabo es una representación mental de algo, es decir, un pensamiento asociado a una emoción y a una imagen, a partir de la cual modificamos lo que nos rodea, desde una perspectiva acorde a nuestra cultura y época.

Sin un “deber ser”, producto de ideas preconcebidas, dejaríamos atrás el conflicto interior y estaríamos en aptitud de aceptar la realidad exterior. Eso cambiaría la interior, la verdaderamente importante. La otra respondería en consecuencia. En esto consiste fluir.

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