Desde que a fines de 2010 se otorgara la Copa Mundial de 2022 a Qatar, difícilmente ha pasado un mes sin que se especule con que el emirato será despojado del certamen.

Así hemos ido avanzando por ya nueve largos años en los que sólo existió un genuino momento en el que el torneo cambiaría de locación. Joseph Blatter había tenido como rival para reelegirse al frente de la FIFA al qatarí Mohammed bin-Hammam, brazo derecho del Emir y sin quien hubiese sido imposible que el pequeño país árabe obtuviera el Mundial. El mismo Bin Hammam que había puesto ilimitados millones e influencias al servicio de Sepp durante muchos años, llegando al acuerdo de que Blatter le allanaría el camino para ser su sucesor. No obstante, al aferrarse el suizo al poder, bin-Hammam se sintió engañado y lo desafió para las elecciones de 2011. Blatter contraatacó armado por todo el aparato de la FIFA e inhabilitó de por vida a su ex amigo qatarí por corrupción.

Poco antes de inaugurarse Brasil 2014, Blatter declaró que había sido un error conceder la competición a Qatar, añadiendo que los electores ignoraron las recomendaciones de la comisión que había inspeccionado cada candidatura.

Vale la pena mencionar que Blatter nunca respaldó el proyecto qatarí. De hecho, en una larga entrevista que le efectué un par de años antes de la polémica asamblea, se refirió con una mueca burlona al afán del emirato de recibir la Copa del Mundo. En la votación él apoyaba a Estados Unidos, a diferencia de su rival, Michel Platini, más que coludido con los intereses de Doha.

Así que después de su intercambio de golpes con bin-Hammam, Blatter estaba decidido a mudar la sede y su declaración en 2014 pretendía abonar el terreno para ello. Bastó entonces con que el emir le informara cuánto sabía sobre él, sobre sus movimientos, sobre sus pasos en falso (cortesía del amplio archivo de bin-Hammam), para que no le quedara más que retroceder: atacar a Qatar 2022 era dispararse a los órganos vitales.

Superada esa crisis, Qatar se ha reído de cuantos creen que no albergará el Mundial. Los ingleses presionaron a raíz de que el diario The Guardian informó la cantidad de migrantes nepalíes muertos en la construcción de estadios. Los estadounidenses se vengaron con el operativo que desembocó en el FIFA Gate (orquestado por la Fiscal General, Loretta Lynch) y se conformaron después con la garantía de la sede del 2026. Los franceses interrogaron a Michel Platini, sin atreverse siquiera contra el París Saint Germain, cuya compra por capital qatarí estuvo vinculada a la operación del 2022 (la reunión de 2010 en el Palacio del Eliseo entre Platini, el entonces presidente Sarkozy y el actual Emir).

¿Y la propia FIFA? Desde la campaña para reemplazar al caído en desgracia Blatter, el único candidato que quiso revisar cómo se otorgaron los torneos fue el príncipe jordano Ali bin-Hussein. Gianni Infantino, mayor protegido en su momento de Platini, ahora su enemigo, se lavó las manos estableciendo que él sólo vería hacia el futuro.

Así que Qatar ha superado firme las aguas más movidas. El ser aislado por cielo, mar y tierra por sus vecinos, encabezados por Arabia Saudita, implicó que la ampliación a 48 selecciones espere a 2026 (¿cómo llevar partidos a Dubái, Abu Dabi o Riad, si están peleados con Qatar?), aunque de ninguna forma el cambio de anfitrión. Riesgo aminorado al acudir un mes atrás sus vecinos a jugar la Copa del Golfo en Doha (con lo que se descartó el miedo a un boicot).

La actual tensión de Estados Unidos con Irán, aliado de los qataríes, es una nueva piedra para el 2022. Vistas las ya sorteadas, la eterna no mudanza del Mundial sigue y ya estamos a menos de tres años.

Twitter/albertolati

 

Alberto Lati

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