Cuando un negocio fracasa, se concilian las cuentas, se indemniza a los empleados, se les paga a los proveedores, se cancelan los contratos y compromisos adquiridos, se intentan recuperar las cuentas por cobrar y se liquidan los activos. Con todas estas acciones se intenta minimizar las pérdidas de los accionistas y, de ser posible, regresarles parte de o todo su capital invertido. Si todo sale bien, los accionistas podrán entonces plantear un nuevo negocio y, con bríos renovados y un nuevo plan, reinvertir su dinero.

Cuando un Gobierno fracasa, en cambio, se tiene que seguir adelante: los servicios que se proveen a la ciudadanía se deben mantener; las instituciones no pueden dejar de cumplir los mandatos para los que fueron creadas; la recaudación de impuestos no puede parar, en la misma medida que el gasto se debe ejercer para atender todas las necesidades de la sociedad.

Pero si los Gobiernos fracasan, y precisamente eso es lo que le ocurrió a México antes de la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, la reconstrucción no se puede hacer esperar. Justamente, reparar este fracaso es lo que se denomina cuarta transformación. Esta tarea titánica requiere, primero, derrumbar el edificio dañado, las ruinas del fracaso y toda la corrupción que formaba parte integral del sistema, la colusión entre política y capital, el favoritismo de élites que gozaban de prebendas y regímenes especiales, los excesos, lujos y privilegios. Sólo entonces se puede cavar profundo para cimentar los principios fuertes de honestidad y austeridad que caracterizan a este nuevo Gobierno.

Con esa enorme encomienda se han dado pasos firmes durante los primeros nueve meses del Gobierno actual. En su Informe de Gobierno, el presidente López Obrador fue claro y preciso respecto a acciones fundamentales, como la austeridad implementada en todo el servicio público, el combate a cualquier actividad criminal, el establecimiento de una férrea disciplina fiscal y presupuestaria, así como de una nueva política económica que fortalezca la economía popular, impulse el desarrollo regional y cree un ambiente propicio para la inversión.

En materia de seguridad, el fracaso del pasado es impresionante. La llamada guerra contra el narcotráfico sólo logró exacerbar la violencia, destruyendo el tejido social y conduciendo al país al aciago contexto de 30 mil asesinatos dolosos por año. Esta alarmante situación se agravó con el paso de los años, y ahora, con la Guardia Nacional ya en funcionamiento y la nueva estrategia de seguridad, viene la difícil tarea de reducir la violencia y regresarle a cada comunidad, a cada municipio, la paz y la tranquilidad que no tienen desde hace más de 12 años.

Si seguimos trabajando con absoluta claridad en la visión del nuevo Gobierno que estamos ayudando a construir, con ética, profesionalismo y escuchando las voces de la crítica objetiva, podremos reflexionar y ponderar todas las alternativas viables para concretar el cambio positivo que tanto anhelamos todos los mexicanos.

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