Foto: Reuters / archivo La medida a la que fue obligada esa nación tiene limitantes, ya que en el convenio de transparencia que rige a partir de este año no está incluida una larga lista de países de Asia, África, Medio Oriente y América Latina, y los cuentahabientes oriundos de esas regiones tampoco están obligados a rendir cuentas al fisco, según expertos  

Obligan a Suiza a enterrar su célebre secreto bancario

A primera vista nada ha cambiado en  Ginebra o Zúrich, cuarteles generales del sector financiero de Suiza, líder mundial indiscutible para la gestión de riquezas. Los carros deportivos de lujo transitan por sus impolutas avenidas, nutridos grupos de banqueros impecablemente vestidos comentan las últimas novedades en los bares y cafés, y siguen afluyendo enjambres de clientes acaudalados del mundo entero porque, cuando se trata de calidad en el servicio o competitividad, la política y monetariamente estable Suiza conserva el primer puesto a escala internacional como el centro de administración de fortunas privadas.

Controla un 30% de la cuota mundial del negocio. Solo el año pasado sus 266 bancos recibieron del extranjero la suma récord de 6.5 billones de dólares (10% más que en 2016), lo que supera a lo depositado en 2007, justo antes del estallido de la crisis financiera global. Sin dejar de mencionar que el sector financiero representa el 9.5% del PIB de la Confederación Helvética y emplea a 215 mil personas.

Pero no nos engañemos, bajo esta aparente normalidad se está gestando una auténtica revolución: Suiza se vio obligada a decir adiós a 84 años de su legendario secreto bancario, una especie de su seña de identidad, que permitía la evasión fiscal bajo una capa de opacidad a multimillonarios y poderosos del mundo entero. No todos los patrimonios depositados eran limpios y no siempre se aplicaba la regla de levantar el sagrado secreto para impedir el encubrimiento de delitos como lavado de dinero, tráfico de drogas o de armas.

En Suiza encontraron su refugio financiero dictadores de la talla del libio Gadafi, el haitiano Jean-Claude Duvalier o el filipino Ferdinando Marcos, sin olvidar que por culpa del secreto bancario los herederos de las víctimas del Holocausto con cuentas abiertas en el país helvético no pudieron reclamar sus fondos. De hecho, en la vorágine de la Segunda Guerra Mundial resultó imposible localizar a miles y miles de cuentahabientes extraviados; el motivo: la absurda protección de la confidencialidad.

Ahora la Confederación Helvética cede a las presiones internacionales, provenientes sobre todo de la Unión Europea y de Estados Unidos, ansiosos de recuperar los impuestos que evadieron sus ciudadanos aprovechando el hermetismo suizo. Porque ya nadie tolera la multiplicación de los escándalos de corrupción y de fraude fiscal en esta época marcada por una galopante desigualdad social que allana el camino para el triunfo de la extrema derecha populista, y cuesta digerir el dato de Oxfam de que el 82% de la riqueza mundial generada el año pasado fue al bolsillo del 1% más rico de la población.

Llegó la hora de la transparencia fiscal, al menos sobre el papel.

En virtud del intercambio automático de archivos que pactó hace 4 años con los 38 países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y hace 3 con la Unión Europea, el Estado helvético ya comenzó a facilitar información a las autoridades nacionales de Hacienda de decenas de países de origen de los clientes de sus entidades. Ya ha puesto nombre, apellido, dirección, rostro, saldo e ingresos a cerca de 2 millones de cuentas bancarias.

El año que entra Suiza cooperará con 80 Estados. Antes de que termine el 2018 filtrará informaciones a los 28 miembros de la Unión Europea y a otros 9 países y territorios: Australia, Canadá, Corea del Sur, Guernsey, Isla de Man, Islandia, Japón, Jersey y Noruega.

De impacto limitado

Pero, ¿realmente ahuyentará el secreto al extranjero acaudalado? Desaparecerá en serio la confidencialidad y Suiza renunciará a su posición de líder absoluto en administración de fortunas? La respuesta es no.

La neblina adquirirá otras formas. Lo explica muy bien el consultor de la organización Tax Justice Network, Andres Knobel. Si nos fijamos bien- explica el investigador- en el sistema de intercambio automático falta una larga lista de países de Asia, África Medio Oriente y América Latina, con los que la Confederación Helvética se ve menos comprometida política o económicamente y donde no existen mayores exigencias de transparencia. Los cuentahabientes oriundos de esas naciones, poseedores de fortunas voluminosas, pueden dormir tranquilos sin tener que rendir cuentas al fisco. De momento.

Llama también la atención una peculiar cláusula que pone la etiqueta «intocable» a las cuentas creadas antes de 2017 con activos menores de 250 mil dólares. Al igual que la negativa suiza a cooperar con base en datos robados.

La consultora BCG Perspectives indica que hasta hace poco Suiza atesoraba 2.2 billones de dólares que escaparon al fisco de otros países. El gigante suizo UBS (Union de Banques Suisses) estima que a raíz del fin del secreto bancario podrían haber huido de sus agencias hasta 25 mil millones de dólares de clientes europeos.

Probablemente habrá fuga de fortunas a paraísos fiscales como Islas Caimán, Panamá o San Marino. De momento 9 de cada 10 transnacionales esconden sus ganancias en uno de esos territorios opacos y, de acuerdo con Oxfam, el dinero guardado en los paraísos tributarios supera ya el PIB del Reino Unido y de Alemania juntos.

Pero los banqueros suizos no lloran. Su país supo salir inmune a todo tipo de cataclismos históricos, incluidas las dos guerras mundiales. Si se viene otra, también sobrevivirá, gracias sobre todo al vertiginoso aumento del número de los ricos que se hacen cada vez más ricos, y seguramente convertirán a Ginebra o Zúrich- ciudades con más expertos financieros per cápita en el mundo- en la morada más apacible y segura para sus tesoros.  Porque nadie tiene tanta experiencia como Suiza en la llamada ingeniería financiera mundial. Islas Caimán no pueden entrar a la misma categoría.

Xavier Rodríguez

LEG