Hay buenas razones para desear que los dos mariscales de campo se coronen este domingo. Razones que, curiosamente, son en específico contrarias: si con Peyton Manning anhelamos el cierre dorado a la carrera de alguien que cambió este juego, con Cam Newton pretendemos el primero de muchos trofeos para quien luce llamado a cambiarlo todavía más; si en el de Broncos hallamos el clásico liderazgo sereno de un quarterback, en el de las Panteras se desdobla la mayor explosión de pasiones que se recuerde desde esa posición; si con el de Denver visualizamos la coyuntura decisiva para limitarlo a tritura-récords o elevarlo a ganador, con el de Carolina entendemos que si ha de consagrarse en el nivel que proyectó durante toda la temporada, es este domingo o acaso no será.

 

Una y otra vez se pregunta a Peyton Manning por su aparente retiro. Y una y otra vez se cuestiona a Cam Newton por algo que, extrañamente, sigue pareciendo exótico: un mariscal de campo negro, como si fuese de Tahití, como si más de 15% de los estadunidenses no fueran afroamericanos, como si en otros Super Bowls no hubiésemos tenido a grandes talentos con esa característica de procedencia (para no ir muy lejos, en los últimos tres han estado Russel Wilson y Colin Kaepernick, o, años atrás, Doug Williams y Donovan McNabb). Su respuesta, en todo caso, ha sido perfecta: “no es relevante… es relevante pero para ti (…) ni siquiera quiero tocar el tema de si quarterback negro, porque este juego es mucho más grande que negro, blanco o incluso verde (…) nos limitamos a nosotros mismos cuando nos etiquetamos, esto es negro, esto es tal…”.

 

Más allá de esos temas que los persiguen (a uno, la inminente jubilación; al otro, la absurda distinción), deportivamente tienen moldes casi opuestos. Cuando Cam Newton era niño, su afán de notoriedad era tan pronunciado, que su padre le sugirió ir disfrazado al colegio. Posiblemente, Peyton hubiese elegido sólo disfrazarse de jugador de futbol americano y esconderse marcialmente tras el casco, a la espera de un ovoide para expresarse.

 

Imposible imaginar a Manning bailando como Newton, haciendo sus extrañas poses, incluso en las gradas en algún partido de baloncesto danzando con ritmo. Imposible también, aun cuando comenzaba y estaba mucho menos golpeado, intuirlo corriendo ya con poder, ya con velocidad, como lo hace el irreverente QB de Carolina.

 

Peyton, previsible en su veteranía, aprendió a salir de enredos con oficio e inmensa inteligencia. Newton, de momento, es imposible de predecir: brazos y piernas, dinamismo y combustión puros.

 

Me encantaría ver a Newton bailando en San Francisco una vez coronado, verlo desafiar las normas con su alegría, verlo romper barreras de prejuicios con su estrafalaria capacidad, verlo demostrar que se vale disfrutar sin que eso implique distraerse.

 

Me encantaría también que Peyton Manning quiebre un estigma doloroso en la última curva de su carrera: tener récords de más pases de anotación, más yardas por aire en la historia, más victorias… pero sólo un Súper Tazón ganado.

 

Dos estilos muy diferentes, dos quarterbacks de eras distintas, dos maneras de sacar lo mejor de sus compañeros.

 

Por todo lo que he enlistado, gane quien gane de los dos, el domingo ganará este deporte: con el posible cierre dorado para una de las mayores leyendas o con el inicio de la asunción de una de las aves más curiosas que han volado sobre un emparrillado.

Alberto Lati

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