Hace dos años, sería una locura pensar que una reunión social causara tanta ansiedad o que fuera, para mucha gente, un mito. Sin embargo, nos encontramos aún en esta situación interminable. Mientras los medios cunden en el pánico de nuevo, el mundo sigue intentando girar. Es increíble haberle dado un luto indefinido a fiestas, reuniones o un modo de vida “normal”. Sobre todo, siento dolor en la generación joven.

Cuando antes se nombraban los veintes como momentos de locura o de sentar cabeza, a muchas personas la pandemia nos obligó a envejecer, de cierto sentido.

Un día de estos platiqué con una tía acerca de este tema, en donde ella destacaba un punto muy cierto: para ella, una mujer con ciertos privilegios, la vida no había cambiado mucho: antes de la pandemia casi no salía, y ahora eso es prácticamente igual. Esa respuesta la he escuchado de mucha gente adulta, porque sus salidas a comer o reuniones pequeñas son posibles.

Sin embargo, la época del descubrimiento se pausó. Hay mucho discurso acerca de abrazar la incertidumbre, pero a veces pareciera que no hay tanta por abrazar. Fuera de saber cuándo este modo de vida realmente terminará, mucha de nuestra convivencia social es exageradamente planeada. El conocer extrañxs ya es un hecho insólito, o incluso interactuar más de cerca con nuestra gente, por el impedimento generado mediante el teletrabajo, o porque cada persona ya está muy enfocada en sus vidas.

Las oportunidades de socializar son cada vez más bizarras, o deben venir de un esquema muy organizado. Las fiestas son esporádicas, muy controladas o de plano con “solo gente local”. ¿Cómo ser una persona soltera y conocer realmente a la gente, entonces? O incluso quienes tienen pareja, y de pronto se cansan una persona de la otra, ya existen menos posibilidades para huir de esa verdad. Claro, no estamos en la cuarentena extrema; sin embargo, las reuniones sociales adquieren un poder sagrado, porque por variante x, y o z ya no ocurren tan a menudo.

Aunque tenemos herramientas tecnológicas para estar en contacto con las demás personas, las relaciones fuertes pueden quedarse reposadas en los recuerdos, o se pueden perder debido a la confusión, falta de calidez y frialdad de las interacciones por zoom, la sana distancia o el cubrebocas.

La salud mental pende de un hilo. La soledad va en incremento. ¿Será posible encontrar una forma de estar cercanos? Es una pregunta que nos hemos hecho durante casi dos años, pero seguimos sin resolver el esquema de una manera complaciente. Porque, si nos dejamos de preocupar, estamos cruzando la línea, pero si nos preocupamos de más, caemos en la histeria total.

Mucha gente privilegiada aprovechó para retirarse, encontrar introspección para liberarse de las cadenas internas. Sin embargo, tanto tiempo con nuestra mente puede ahogarnos.

¿Cuál es la solución? ¿Trabajar hasta desfallecer? ¿Dar por muertas las ilusiones de un mundo libre? ¿O seguir tratando de no dejarse llevar por las consecuencias lamentables del Covid?

Estamos en un tiempo de soledad. Lo malo es que no todxs la quieren, y muchxs ni siquiera la necesitan. Pero vivir en pantallas y con demasiado miedo es perderse de los placeres de estar vivo.

IG: @artedeldesarte

       @santiagoguerraz