Filmar una película en México, que más o menos tenga calidad industrial, cuesta arriba de 25 millones de pesos. Y estoy hablando de algo básico, sin mayores esperpentos, casi sin efectos especiales, sin decenas de extras, o vestuarios de época. Sin salarios elevados para estrellas, comidas extravagantes o lujos. Simplemente el personal técnico y artístico necesario, con sueldos estándar; actores, director, productores; la renta de cámara de cine con sus lentes y soporte correspondiente, luces y material eléctrico, locaciones, camionetas para transportar todo y a todos, la comida del personal, gastos de vestuario, maquillaje, decoración, utilería, arte, carpintería, insumos, agua, luz y, hoy en día los protocolos Covid, claro está.

Sustentar toda esa “familia” que puede rondar en las 100 personas, durante seis semanas, a veces un poco más, a veces un poco menos. Todo en plan muy básico, sin grandes aspavientos.

Después de eso, el largo proceso de edición, sonido, música, post-producción. Para llevar a la pantalla una historia que capture, o al menos que potencialmente capture la atención del público durante unos 90 minutos, en el mejor de los casos. Que idealmente la gente esté dispuesta a pagar un boleto de $70 pesos para verla en el cine, o que compre o alquile en alguna plataforma. Todo para medianamente recuperar esa inversión. ¿Se puede realmente recuperar algo? Si la ven millones de espectadores pagados, sí, pero en verdad tienen que ser millones si es que se pretende que sea un negocio.

Antes, cuando los medios de comunicación predominantes o redes sociales no existían, los productos audiovisuales tenían más valor, no había nadie que tuviera para sí mismo millones de seguidores, como existe ahora; ni la gente pasaba sus tardes y mañanas o noches viendo videos de menos de un minuto durante horas, hechos en la cocina de la casa de un adolescente, en el coche, en el trabajo, en la escuela, retratando a un gato disfrazado o a alguien durmiendo, o cualquier otra cosa que se vuelve viral hoy en día. Todos estos videos, o por lo menos la inmensa mayoría, gratis.

Nadie paga, nadie cobra, en apariencia ¿verdad? Pero al final, no es más que el antiguo modelo de la televisión. Los anunciantes pagan por poner sus marcas frente a los ojos de una audiencia de consumidores potenciales; sólo que ahora en la mayoría de los casos los creadores no cobran. No sé cuantos de ustedes reciban dinero por poner un post en Facebook o publicar algo en su Instagram, pero me atrevo a decir que una minoría. Sin embargo, estas plataformas sí que cobran por usar ese contenido para promover productos de terceros.

No sólo eso, sino que prácticamente han quebrado a los medios de comunicación tradicionales, el modelo de antaño de producir un anuncio y exponerlo ante millones de ojos más o menos al azar, que existía antes, ya pocos lo encuentran costeable. La publicidad de ahora se mide con la big data; los comportamientos de la audiencia, el engagement, el tiempo de retención, los socio-demográficos más exactos, la ubicación, edad, intereses, impactos, clicks, el historial de navegación más detallado del público objetivo, etc. Son las métricas con las que se determina el costo de cualquier audiencia que se pretenda monetizar.

Como creadores no podemos luchar contra eso, no es posible volver el tiempo a cuando la producción del contenido estaba reservada para los expertos y sólo con grandes inversiones de capital se creaba.

Ahora que vivimos otra época, donde los medios están al alcance de todos, aprendamos a darles valor, y pensemos que cada pieza de contenido que saquemos con nuestro nombre, no sólo quedará para siempre en el ciberespacio, sino que será utilizada por las corporaciones como medio y vehículo de análisis y venta, no seamos inocentes y regalemos nuestro talento o nuestra atención sin esperar nada a cambio, aprovechemos el alcance infinito de las redes para decir y leer cosas importantes, divertidas, entretenidas, relevantes y busquemos, en la medida de lo posible, adueñarnos de nuestro propio contenido.

 

@pabloaura