Violentos por naturaleza

Pablo Aura

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Vivimos en un mundo violento, no hay mucha discusión sobre ello. Guerras, balaceras, descabezados, violentados, desposeídos, desplazados, etc… Son cosa tristemente común. Existe un componente en nosotros, tal vez el más animal o probablemente el más humano, que permite que, para mucha gente, esos filtros hacia la apreciación del otro, la empatía hacia el dolor ajeno, el “no hagas lo que no quieres que te hagan”, por alguna razón desaparezcan y exista la posibilidad, dadas las circunstancias incorrectas, de que la desconexión hacia esa otra alma, o grupo de almas, sea tal que incluso se les deje de considerar seres humanos, a fines prácticos y, en los casos más vergonzosos, incluso fines legales. Por ello jaulas, cárceles, deportaciones, despojos e incluso exterminios son cosa más común de lo que quisiéramos admitir en nuestra historia.

Los políticos (no todos) tradicionalmente han apelado a ese bajo instinto, en el que los otros, sí, esos, los malos, los inmigrantes, los extranjeros, los de otra raza, los de otra religión, los de otro género, los que piensan distinto, los que hablan distinto o se comportan distinto, los que tienen menos dinero pero también los que tienen más dinero o son los legítimos dueños de lo que el líder desea, en fin, los “enemigos”, resultan ser lo que le puede dar cohesión y poder a un movimiento político; porque esa violencia, esa intransigencia de la otredad puede ser un sentimiento, aunque oscuro, muy poderoso que unifique de manera compacta a un número de personas hasta el fanatismo y el convencimiento de que esa violencia y destrucción están perfectamente fundamentados.

Sin embargo, en nuestra conciencia, el cine nos empodera, porque hay una parte de nosotros que identifica lo que está mal en esa forma limitada de ver el mundo. Nos da la posibilidad de que personalmente, encarnados en nuestros protagonistas, luchemos contra esa violencia; tomemos venganza, sí claro, muchas veces con más violencia e incluso desproporcionada y desmedida; aunque la enfrentemos de manera irreal o sobrenatural, a veces con poderes o herramientas sobrehumanas. O que simplemente la sobrevivamos estoicamente como mártires. Bien puede ser que descuarticemos zombis o vaporicemos monstruos malignos, pero también que sobrevivamos el horror de los campos de concentración de los nazis o pervivan nuestros ideales en las guerras sucias de los 70’s.

Sólo así se vuelve posible que en la primera secuencia de Natural Born Killers (1994), cuando una muy joven y atractiva Mallory (Juliette Lewis), baila de manera provocativa en medio de un restaurant de carretera, y un hombre la empieza a hostigar y acosar, como audiencia no tengamos ningún problema en que ella y su pareja, Mickey (Woody Harrelson) los asesinen a todos a sangre fría de la manera más gráfica y brutal posible, incluso a los mirones que iban pasando. Y aunque sea una escena shockeante y muy polémica, esta pareja de protagonistas nos conquista inmediatamente.

La intensión de Oliver Stone, el director, es muy clara. Las actuaciones, pero sobre todo la edición en contrapunto con el manejo de la música y el diseño de audio, nos hablan de esa eterna justicia que todos buscamos. En la que la chica, más linda, más joven, más indefensa pueda ser también la más libre y pueda bailar y vestir como le de la gana sin que otros se sientan con el derecho de por ello violentarla.

@pabloaura

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