Las políticas que implementa un presidente de México deben hacer sentido en un mundo cambiante. Y para ello se necesita ver más allá de lo evidente: a esto, algunos le llaman imaginación. De lo contrario, el país queda ante el mundo como un gran ente alejado de la realidad y, por ende, poco confiable. En áreas cruciales para el desarrollo del país como la educación pública, el sector energético y la Administración Pública Federal, ha faltado ese material con el que los verdaderos reformistas construyen el futuro, y de paso, su legado.

 

Por ejemplo, en educación, la imaginación reprobó por faltas. La Reforma Educativa del gobierno eliminó la obligatoriedad de la evaluación de desempeño que les permitía a los profesores crecer laboralmente sin importar su relación con los líderes sindicales. Al devolverle a estos grupos la última palabra sobre las carreras de los maestros, México regresó al esquema que tuvo por décadas antes de la Reforma de 2013. En este aspecto, López Obrador no solo renunció a la imaginación, sino también a su tarea de ver por la niñez mexicana.

 

En materia energética, además de falta de imaginación, se ha mostrado una profunda irresponsabilidad. El nuevo Plan de Negocios de PEMEX regresa al costoso monopolio estatal y, por no querer asociarse con empresas expertas para reducir costos, se enfocará mayormente en explotar yacimientos pequeños, por su propia cuenta. Asimismo, la Refinería de Dos Bocas, uno de los motivos tras la renuncia de Carlos Urzúa, se ha erigido como un futuro elefante blanco al que el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) le asigna, tras 30 mil simulaciones financieras, solo 2 % de probabilidad de ser rentable para el Estado.

 

En el caso de los “recortes”, también falta ver más allá de lo evidente. López Obrador debe ofrecer algo más que solo austeridad: procesos más eficientes, diseños institucionales innovadores, mejor capacidad de respuesta y/o garantías normativas de no dispendio que trasciendan su sexenio. Es decir, una verdadera reforma administrativa. Cualquier político puede recortar gastos, pero lo realmente trascendente y duradero sería fortalecer la capacidad institucional del Estado para resolver mejor los problemas nacionales.

 

Un político sin espíritu creador es como un escritor que odia las palabras: un sinsentido. En campaña, López Obrador siempre reivindicó la labor política como un llamado y no como un mero esquema gerencial. Sin embargo, ya como presidente, se ha burocratizado: se resiste a las nuevas ideas; desprecia a quienes critican sus métodos; y desdeña la opinión de expertos.

 

@AlonsoTamez

 

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