Los túneles del Maracaná vibraban con el festejo en el vestuario de Alemania: cantos, gritos, carcajadas que mi imaginación atribuía al siempre sonoro Thomas Müller. De ahí salió Oliver Bierhoff, director general de Selecciones alemanas, cuyo gol en la final de la Euro 1996 había supuesto el último trofeo hasta esa corona en Brasil 2014.

 

Sequía de apenas 18 años que en el camino había incluido tanto un subcampeonato mundial (2002) como uno europeo (2008), pero que para los germanos implicó demasiada ansiedad.

 

Sobre todo el primero de esos torneos, el de Corea-Japón: podían ser finalistas, pero de ninguna forma pertenecían ya a los grandes. No en generación de talento, desarrollo, consolidación, juego. Mucho menos en un proyecto con genuina visión de futuro. La demografía de Alemania había evolucionado y el futbol no sabía reaccionar a ese cambio.

 

Endlich!” fue lo primero que exclamó Bierhoff cuando conversábamos antes de efectuar esa entrevista en Maracaná. Es decir, “¡finalmente!”, como resumen del trabajo de una década para llegar a ese instante en Río. La derrota en fase de grupos en la Euro 2004, la incertidumbre cuando no había seleccionador disponible para sustituir a Rudi Völler (Hitzfeld y Rehhagel rechazaron el cargo), la irrupción de Jürgen Klinsmann con ideas revolucionarias, la elección de su cercano Joachim Löw para lo táctico, el puesto creado para Bierhoff: mediar entre contexto, plantel, Bundesliga, patrocinadores y, en general, la planeación.

 

Un primer cambio, relatado por Raphael Honigstein en su libro Das Rebot: que el futbolista tenía que estar capacitado para pensar y tomar decisiones. Un segundo: que la nueva Selección ya no sería de tanques chocones (los llamados Panzers), sino de muchachos ágiles y técnicos, producto de la multiculturalidad –todavía en 2005, cuando me mudé a Alemania, los hijos de inmigrantes apoyaban a clubes de su tierra de origen, síntoma de una escasa identificación que estaba por caducar.

 

La capacitación física y técnica se modificó en la Bundesliga, así como el soporífero ritmo con que ahí se jugaba. Una Bundesliga que obligó a cada cuadro de Primera y Segunda División a crear un centro de desarrollo de talentos. Además, se segmentó geográficamente el territorio para garantizar que toda promesa fuera vista por un detector antes de que resultara tarde para su desarrollo. A la par, una serie de escuelas auspiciadas por la federación entrenarían a quienes más destacaran (sin descuidar la escolaridad de cada adolescente, con énfasis en conciencia social). A eso se añadieron una medida propia y otra ajena. La propia, que todos los directores técnicos de juveniles en el país tendrían que trabajar a lo mismo y siguiendo claros modelos; la ajena, que las reglas para obtener la nacionalidad alemana se flexibilizaron, dando elegibilidad a los descendientes de gastarbeiter o inmigrantes que llegaron como empleados.

 

El resultado, resumido por Honigstein: que de los 23 coronados en el Maracaná, 21 pasaron por el sistema de academia seis fueron detectados por las unidades de la federación y 13 se formaron en esos centros de élite.

 

Otra forma de verlo: que desde esas regulaciones, la Mannschaft ha alcanzado como mínimo la semifinal de Mundial o Eurocopa. Imponerse en una serie de penales tan accidentada como la del sábado tiene algo de casual; ser al menos semifinalista en todo torneo desde la entrada en vigor de los cambios en 2004, de ninguna forma.

 

Se llama trabajo, se llama visión, se llama proyecto, con la certeza de que esa consistencia permitirá exclamar, más pronto que tarde, como Bierhoff en Maracaná, “endlich!”.

Alberto Lati

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