PARÍS. En medio de las encarnizadas negociaciones para el histórico acuerdo climático en París, ha habido un punto en el que la unanimidad ha sido casi absoluta desde el comienzo: el papel del presidente de la cumbre y ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius.

 

Su rol de muñidor en la conferencia COP21 ha dado nuevos bríos a la añosa diplomacia gala, nostálgica de su glorioso pasado y en horas bajas dentro del nuevo orden mundial que se está diseñando.

 

Su discurso al presentar el acuerdo final ante los negociadores de los 195 países, emotivo y razonado al mismo tiempo, fue el broche a una labor que tanto los gobiernos como las ONG han calificado de impecable.

 

A ello ha contribuido el carácter sosegado pero firme de Fabius. Su flema quebró por segundos a lo largo de su alocución, cuando, al borde de la lágrima, fue interrumpido hasta en siete ocasiones para ser ovacionado por los presentes.

 

Horas después, nada más golpear con el martillo para aprobar el acuerdo, no pudo evitar un discreto lloro.

 

Los rumores en la prensa francesa sobre su estado de salud no han apagado el trabajo de Fabius a lo largo de las dos últimas semanas en la cumbre, culminado con una vigilia casi permanente durante las últimas noches en pos de un acuerdo que satisficiera a todos.

 

Sin embargo, este esprín final no es sino el epítome a años de una frenética actividad diplomática, realizada al alimón con Perú (anfitrión el año pasado de la COP20), a la que los funcionarios del Ministerio francés de Asuntos Exteriores han dedicado la mayor parte de sus esfuerzos.

 

Para Francia, conseguir el primer acuerdo universal sobre el clima se ha convertido en una obsesión; para Fabius, supone su gran legado personal tras una vida de servicio público, en la que ha conocido prácticamente todos los puestos de responsabilidad que puede ejercer un político en este país.

 

Fabius nació hace 69 años en París, en el seno de una familia católica con orígenes judíos. De su padre, un acomodado anticuario, heredó la devoción por el arte, que ha sabido mantener y combinar con su pasión por el juego político y la economía.

 

Miembro de la elite francesa que se cocina en sus selectivos viveros de formación -pasó por la Escuela Nacional de Administración (ENA)-, su vinculación con el Partido Socialista se remonta a 1974, más de 40 años en los que ha aprendido a manejarse con total soltura.

 

En el PS fue criado bajo las alas de François Miterrand, quien ya apreció entonces la cintura política de este producto típico de la burguesía parisina: formado y cincelado para mandar, bien en las instituciones públicas, bien en alguna empresa.

 

Fabius ha presidido el Gobierno (de 1984 a 1986), la Asamblea Nacional (en dos ocasiones, 1988-1992 y 1997-2000), ha dirigido al Partido Socialista (1992-1993), y ha detentado cuatro carteras ministeriales.

 

Sin embargo, los hados del Elíseo nunca le han sido favorables.

 

Pudieron haberlo sido en 2007, cuando en su camino se cruzó Segolene Royal para derrotarle en las primarias socialistas.

 

Ironías del destino: Royal, ahora ministra de Ecología, ha visto cómo Fabius le robaba todo el protagonismo de la cumbre del clima (normalmente presididas por los ministros del ramo) mientras ella intentaba con denuedo hacerse presente a través de largos paseos por la sede de la COP21 en el suburbio parisino de Le Bourget.

 

“Ha manejado con maestría los tiempos y el modo en que se organizaban las reuniones”, condensa un activista de una ONG ecologista, que destaca las “innovaciones” aportadas por Fabius en la metodología de las negociaciones.

 

Autor de seis libros, ilustrado y pragmático (para algunos, oportunista), Fabius ha vivido también situaciones peliagudas en su carrera política, que amenazaron con acabar con ella.

 

En la primera, paradójicamente, tuvo que encarar a Greenpeace, que ahora no tiene reparos en elogiar su labor en la COP, por el ataque en 1985 de los servicios secretos franceses contra el barco emblema de la organización, el Rainbow Warrior.
Salió de esa, como también lo hizo años más tarde del escándalo de las transfusiones de sangre contaminada con el virus del sida, por lo que fue juzgado y absuelto en 1999.

 

Su futuro ahora, tras la cumbre del clima, es una incógnita, y mucho se especula en Francia con que pueda abandonar el cargo antes de las elecciones presidenciales de 2017.

 

Pero si algo ha demostrado Fabius es que siempre vuelve. Cerrarle la puerta, especialmente para sus enemigos, puede ser desaconsejable.