La fronteriza ciudad de Tijuana siempre ha sido un referente cultural; su cercanía con Estados Unidos y su alejamiento, en muchos sentidos, de lo que sucede en el centro de México la hacen un territorio único. Si a lo anterior le sumamos que es la urbe más visitada del mundo, la efervescencia es todavía mayor. Y si bien ha sido escenario de movimientos musicales y literarios —los beyondeados o Nortec Collective, por decir algo— también existe un submundo: el de los rechazados, los que se quedaron en el camino y terminaron en un mundo amoral y apocalíptico.

 

El director mexicano Ricardo Silva presenta en Navajazo, su ópera prima, un documental que demuestra su formación de sociólogo, su tacto como fotógrafo de nota roja y el morbo de colaborar con Laura Bozzo. Sin hilo narrativo real, la cinta nos presenta pequeñas viñetas con prostitutas adictas, pornógrafos idealistas, asesinos en busca de redención, músicos de estacionamiento, vagabundos alcohólicos, y demás personajes que sobreviven en esta zona, a la que bien se describe como el lugar donde terminó la civilización.

 

 

En pantalla somos testigos de escenas de sexo crudo, drogadicción sin maquillaje, desnudos retadores, golpizas gratuitas, actuaciones baratas y una larga lista de marginados; desgraciadamente, el cineasta no logra unificar las historias ni generar empatía. De hecho ni siquiera se termina por entender la situación de algunos. Por el contrario, pareciera que justamente busca la provocación, tal como lo describe el título: dar un navajazo al espectador, mostrar la realidad sin más, sin juzgarla ni explicarla. Somos testigos morbosos de ese universo catastrófico donde no hay límites, donde lo único que importa es vivir otro día.

 

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