Tener el Chivas-América inmediatamente después de un clásico tapatío deleznable y sangriento, podría verse como un capricho del destino: justo cuando las aguas están más alborotadas y el ambiente más enrarecido, someterse a semejante prueba y en la misma ciudad de Guadalajara.

                Sin embargo, si se actúa con inteligencia y responsabilidad, tal casualidad del calendario tiende a convertirse en algo positivo: precisamente cuando la tolerancia a los violentos ha caído al mínimo posible, utilizar el clásico nacional como coyuntura a partir de la cual el manejo de la seguridad en los estadios sea diferente, por fin valiente y con el afán de erradicar a quienes usan este deporte como terapia para sacar tantos complejos por conducto de agresividad.

                Jorge Vergara ha asegurado que no habrá barras en el estadio, aunque numerosos grupos de este tipo, tanto capitalinos como tapatíos, organizan por redes sociales su asistencia al encuentro.

 

Se habla de una serie de requerimientos para ingresar a las tribunas, mismos que la FIFA ha intentado instaurar al menos desde la Copa del Mundo 2002 (recordemos que todavía en el precedente Francia 98, el gendarme Daniel Nivel fue brutalmente golpeado por neonazis alemanes y que en ese torneo los hooligans ingleses protagonizaron batallas campales como en Marsella contra inmigrantes tunecinos).

 

¿En qué consisten los requerimientos? En lograr una complicadísima base de datos con los nombres de quienes accedan al inmueble, incluida la copia de identificación de cada uno.

 

Muy difícil. Tanto, que FIFA no ha querido admitir que tres Mundiales después, tal sistema no logra ser exitoso, porque los boletos mundialistas contienen nombre y número de pasaporte de quien lo compró, mas no existe tiempo para revisar cada ticket y compararlo con los documentos del portador (dicha voluntad choca con la de evitar aglomeraciones en los alrededores de las instalaciones deportivas). De tal forma que aficionados mexicanos entraron a partidos en Japón con boletos a nombre de Yamamoto, y en Alemania a nombre de Kirstein, y en Sudáfrica a nombre de Khumalo, porque nadie revisa.

 

Más allá del control de quien ingresa y el rechazo a los que tengan antecedentes violentos, el futbol mexicano debe girar la vista hacia otras ligas que supieron detener esta plaga.

 

El Informe Taylor efectuado en la Gran Bretaña cuando el gobierno de Margaret Thatcher asumió que no podía permitirse más semejante comportamiento en los estadios, aportó grandes claves sobre este tema. Lo primero fue cambiar la palabra security por safety. Traducibles al español de idéntica manera, no son lo mismo: la primera alude a una fortaleza, a un escenario propicio para choque y balance de fuerzas; la segunda, a una serie de medidas en beneficio de todos, con un enfoque más persuasivo y menos impositivo.

 

Ahí desaparecieron las rejas y se decretó dejar abiertas las puertas de acceso a la cancha, con la idea de evitar estampidas. Ahí se logró una cooperación sin precedentes entre los órganos de seguridad: en el interior del estadio, son responsables los agentes de compañías privadas (con quienes los aficionados no tienen mayor afán de pelear como parte de su desafío diario a la autoridad); en el exterior, manda la policía. Ahí se favoreció de muchas formas el ambiente familiar que hoy ha vuelto. Ahí se generó un mayor control de los asistentes al propiciar que se compraran abonos anuales. Ahí se priorizó el estudio en manejo de multitudes. Ahí también se decretó que los hooligans con peores antecedentes deben reportarse a una comisaría una hora antes de los partidos de su equipo.

 

No ha sido perfecto y en el intento el futbol se ha hecho más elitista, pero sí ha cambiado radicalmente la imagen del balompié europeo-occidental y la conducta en sus recintos. Todavía hay broncas, pero ahora suelen darse fuera del estadio, en el transporte público, en carreteras, en descampados.

 

Jorge Vergara, triunfador en otros ámbitos empresariales, ha de saber que de momento su aporte al futbol ha sido más bien escaso; pese a que prometió unas Chivas existosísimas, dignas de su grandeza sesentera, sus modelos han fracasado recurrentemente. Ahora puede aportar algo mucho más relevante al balompié nacional. Ha tenido la valentía para echar fuera a algunos de los que sólo van buscando con quién golpearse, a lanzar tal cruzada en contra de las barras. Falta que a esa valentía se añada un sistema eficaz y que éste no sea asunto exclusivo del fin de semana posterior al desastre del Jalisco.

Alberto Lati

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