La visita del presidente Enrique Peña Nieto a La Habana esta semana, se comenzó a trabajar hace un año en Santiago de Chile, cuando al participar en su primera cumbre de jefe de Estado de América Latina, sentó las bases del viaje en una reunión con el presidente cubano, Raúl Castro. Peña le preguntó si sería posible en su eventual viaje platicar con el comandante Fidel Castro, a lo que su hermano respondió de inmediato: “De eso me encargo yo”. Este miércoles, los Castro le cumplieron. Fue una reunión de 60 minutos en una de las casas donde vive Fidel, llena de símbolos geopolíticos.

 

Peña Nieto nació 13 años después del asalto al Cuartel Moncada, la primera gran acción militar contra la dictadura de Fulgencio Batista. Tácticamente fue un fracaso y Castro fue capturado. Tras dos años en prisión, gracias a una amnistía, viajó exiliado a Estados Unidos y finalmente a México, en donde recibió la protección del gobierno mexicano. En 1956 los mexicanos le dieron dinero y el yate Granma para ir a Cuba e iniciar la revolución que derrocó a la dictadura en 1959. Eran los años de la Guerra Fría.

 

Cuba había sido expulsada de la Organización de Estados Americanos en 1962, con el único voto en contra de México. Castro empezaba a exportar la Revolución cubana y el acuerdo con México era que en su territorio jamás financiarían guerrillas. En todos esos años, hasta entrados los 90, México fue un puente de comunicación entre La Habana y Washington, transmitiendo mensajes entre los dos gobiernos o sirviendo como sede de reuniones secretas entre altos funcionarios de los dos países para encontrar formas de mejor convivencia. En 1989, cuando Peña Nieto tenía 23 años, cayó el Muro de Berlín y murió la Unión Soviética, en el epílogo de la Guerra Fría. Ese mismo año México cambió su rumbo.

 

El presidente Carlos Salinas, el último mandatario que sostuvo una relación intensa con Castro y Cuba, tomó la decisión estratégica de voltear hacia Estados Unidos como la única forma, en su modelo económico y político, de hacer viable a México en momentos donde todas las inversiones se dirigían a las nuevas naciones libres de Europa del Este. Negoció el Tratado de Libre Comercio con el cual rompió con América Latina, al integrar la economía mexicana al aparato productivo estadunidense, para enfilar el futuro hacia el norte. México, observador permanente del Movimiento de Países No Alineados, se alejó de ese bloque e ingresó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, el llamado Club de los Países Ricos. Perdió influencia en el mundo en desarrollo y prestigio en América Latina. Itamaratí, la cancillería brasileña, repartió en términos estratégicos la región: los latinoamericanos, con ellos; los mexicanos, con los estadunidenses.

 

Por años, la retórica mexicana fue la de la diversificación política y comercial, mientras que la práctica fue el alineamiento en los nuevos bloques comerciales del norte del hemisferio. Un alto funcionario en el gobierno de Salinas decía con ironía y desdén: “Abajo del Suchiate, con excepción de Chile, todo es selva”. Resultó fallido el diagnóstico. El Cono Sur americano se convirtió en potencia económica y fue girando hacia la izquierda en la geometría política, alejándose cada vez más de México. La relación con Cuba, entre tanto, sufría y se desgastaba. El final de la Guerra Fría dejó sin utilidad real el puente de comunicación que era México, al comenzar a hablar Cuba con Estados Unidos de manera directa.

 

Tres presidentes consecutivos -Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón– enfriaron la relación. Peña Nieto la volvió a calentar en esa fotografía con Fidel, llena de símbolos contradictorios. Poco antes de esa reunión, anunció la firma en febrero de la Alianza del Pacífico, un bloque comercial antagónico a los miembros del Mercosur, y en México, el embajador de Estados Unidos, Anthony Wayne, adelantó que en la Cumbre en Toluca, México, Estados Unidos y Canadá profundizarán el Tratado de Libre Comercio. Son modelos de integración con el norte del continente, no con el sur. La integración monetaria ante la dependencia mexicana de Estados Unidos, es una realidad no admitida. La reforma migratoria que quiere el presidente Barack Obama es el primer paso a la regulación de los mercados laborales en el norte. Pasos previos a la integración política y militar, en el esquema europeo, y en las antípodas latinoamericanas.

 

La fotografía con Castro será un objeto de colección para un Presidente que no había nacido cuando el comandante ya era referencia mundial. Pero no más allá. Ni Cuba es hoy relevante para México, ni México para Cuba. México, como aseguran los brasileños, pertenece a Norteamérica, no a América Latina. En efecto, así lo decidió la élite mexicana en 1989, y todavía hoy, 25 años después, seguimos sin poderlo reconocer.