Sandra_CanoTodos los días lidio con un problema de honestidad que poco a poco hemos ido minimizando, no sólo en México: el plagio. Quizá parezca que estoy exagerando, que no es cosa grave y que es tan común que no debiera ya escandalizarme. Lo cierto es que no puedo, es más fuerte que yo y entre más años llevo en esto de la formación de adolescentes, más grave me parece.

Copiar en un examen, copiar un texto de algún sitio web y entregarlo como si fuera propio, copiar un proyecto de investigación y querer que valga como original, que haya un sitio en internet llamado www.buenastareas.com de donde se cree se puede obtener cualquier texto y hacerlo pasar como nuestro parecieran cosa de niños, de chavitos adelantados con muy buenas puntadas que les dan tres vueltas a sus maestros, pero resulta que no, que no tiene nada de simpático y que es una “travesurita” que a la larga, como sociedad, nos deja muy mal parados.

plagio

La gravedad de dejar pasar el plagio estudiantil radica en que al ser el humano un ente de costumbres, los jóvenes pronto se acostumbran a minimizar cosas así, deciden que, en vez de pensar y crear cosas propias, vale más darse una vuelta por la red y listo; tareas, trabajos y proyectos a un clic de distancia. Pues se cree que a estas alturas del siglo XXI todo está dicho ya, que no hay nada nuevo que inventar y que seguramente sus docentes ni cuenta se darán de su brillante ocurrencia.

Le toca al gremio rastrear estas ideas, ingeniárselas para descubrir si los textos recibidos son efectivamente originales o bien, si al menos se citaron las fuentes como debiera hacerse. Desafortunadamente, tenemos que estar a la caza de los plagiarios cual elementos de la Policía Cibernética, sin podernos fiar cabalmente de la honestidad de nuestro alumnado. Exagerados, dirán algunos, “ni que fuera para tanto”, dirán otros, “todo mundo lo hace” dirán los más, pero esto no minimiza la bajeza del acto.

Pero, ¿qué pasa si el plagiario hace tiempo que dejó atrás las aulas? Si ahora se ostenta como escritor, por ejemplo, como en el caso de Byrce Echenique