José Agustín Angélica María
Foto: Especial | Postal detrás de cámaras de la filmación de “Ya sé quién eres (Te he estado observando)” (1971), donde se ve a José Agustín posar al lado de Angélica María.  

Por allá de 1968, un joven José Agustín declaró, con la efervescencia característica de sus sentencias, que “la única y verdadera cantante mexicana es Angélica María”. Sólo para concluir luego: “y no hay vuelta de hoja”.

Décadas luego, atravesado ya ese tiempo donde por años sólo cupo cariño y gratitud, cayó la noticia más fatal para las letras mexicanas: José Agustín había muerto la tarde del 16 de enero.

Caída la noche de ese martes de caras largas y recuerdos, a unas cuantas horas del fallecimiento del autor de Inventando que sueño, la actriz Angélica María se despidió del él a través de redes sociales. Puede leerse, a través de la cuenta oficial de X de la llamada “Novia de México”:

“José Agustin… Sin ti, también mueren mis palabras… Todo mi amor para la familia Ramirez”.

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El amor intenso y fugaz

De ese amor embelesado quedan restos en el aire, en la memoria de lectoras y lectores del escritor guerrerense, en fanáticos de la prolífica actriz y, sobre todo, en lo que José Agustín escribió en El rock de la cárcel:

“Me parece que en el fondo Angélica María y yo presentíamos que era casi imposible crear las condiciones necesarias y que eso nos hacía perder vuelo. No hablábamos de casarnos, pero tampoco lo desechábamos; nos gustaba, eso sí, la idea de vivir juntos, de despertar y vernos las caras chinguiñosas (a mí me fascinaba Angélica sin maquillaje, con los ojos chiquitos y su naturally curly hair).”

No sólo en ese libro se encuentra esa fascinación que sirve de retrato perfecto de los sentimientos del también dramaturgo, sino también algunas declaraciones de cantante, dentro de las que destaca esta donde se transparenta tal intoxicación:

“Me di una enamoradota de José Agustín. Fue un embelesamiento brutal, sin medida. Nos enamoramos sí, y fuerte. Como idiotas. Lo peor, él estaba casado”.

Sabiéndose ya hechizados el uno por la otra, y aprovechando el tropiezo que el cuentista tuvo temporalmente con su esposa, Margarita Bermúdez, decidieron vivir un amor digno representante del verano, apenas sostenido, además de por el éxtasis, por la cercanía durante la filmación de Cinco de chocolate y uno de fresa (1968). El resto, ―tal como las que protagonizó Angélica María y escribió el maestro José Agustín―, son historia.

LEO