Al momento de escribir estas líneas, existe una gran expectativa de lo que sucederá durante la IX Cumbre de Líderes de América del Norte, en la que se reunirán los presidentes de México y Estados Unidos, así como el primer ministro de Canadá, para conversar y llegar a acuerdos en materia de salud, integración económica y migración, tres temas que se encuentran estrechamente relacionados y en los que se espera no ya una simple negociación de toma y daca o tit for tat, sino plantear respuestas comunes a problemas afines, dando lugar a una integración regional que vaya más allá de lo comercial y una mejor forma de gestionar los flujos migratorios, la pandemia de Covid-19, que sigue latente, y la reactivación económica, favoreciendo la cooperación para el desarrollo en el marco del T-MEC.

Ya durante la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en Palacio Nacional, el presidente Andrés Manuel López Obrador llamó a construir una unión continental, incluyendo a Estados Unidos y Canadá, similar a la Unión Europea, respetando la autodeterminación de los pueblos, la cooperación para el desarrollo y el combate a la desigualdad, con lo que dejó clara su postura internacionalista ante la magnitud de los conflictos, pero también ante el potencial que existe para impulsar una integración incluso cultural, que nos permita hacer los cambios drásticos necesarios para cumplir con los compromisos de documentos como la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

A este respecto, hay quienes opinan que la política energética que lleva a cabo el actual Gobierno de México es contraria a los objetivos del combate al cambio climático y que incluso pudieran oponerse a los acuerdos alcanzados mediante el T-MEC; sin embargo, la transformación emprendida para la modernización de las refinerías y otras instalaciones de Pemex o la decisión de mantener los niveles de explotación básicamente para garantizar el abasto nacional de combustibles y la predilección por energía hidroeléctrica demuestra de manera contundente lo contrario, y nos permitirá cumplir con las obligaciones internacionales de generación de energía limpias.

Si bien es cierto que hay mucho por hacer para seguir combatiendo el cambio climático y sus consecuencias en la vida cotidiana de la población de América del Norte, no se pueden, bajo esta causa, permitir abusos que afectan los intereses de la nación mexicana, siempre asumiendo los compromisos multilaterales pactados.

Por otro lado, en cuanto a la reactivación económica y la construcción de una nueva normalidad, lograr mayor cooperación con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y que el presidente estadounidense Joe Biden otorgue visas de trabajo temporales y regularice la situación jurídica de nuestros más de 11 millones de hermanas y hermanos migrantes al norte de la frontera mexicana sería un parteaguas, y el primer paso hacia una nueva lógica de eliminar barreras, no solamente para el flujo de mercancías, sino también de personas, de manera ordenada y programática.

Es tiempo de que América del Norte emprenda una integración mucho más activa. La reactivación de esta Cumbre, que no se realizaba desde 2016, genera grandes expectativas. Las respectivas trayectorias de los tres líderes vaticinan buenos resultados de los que en el Senado de la República estaremos pendientes, con base en nuestras facultades para vigilar la política internacional.

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