“El interés de la presidencia (…) no coincide con el de nadie más. El poder del presidente no deriva de su representación de intereses de clase, grupo, regionales o populares, sino del hecho de que no representa a ninguno de estos (…) Por esta razón, es al mismo tiempo una oficina solitaria como poderosa. Su autoridad está enraizada en su soledad”.

 

Samuel P. Huntington

 

Un presidente puede caer en la sobreexposición física. Primero, está el tema de la seguridad: entre más expuesto esté a masas de personas, mayor el riesgo de un posible atentado hacia su persona o su equipo –asunto bastante negativo desde lo social, político, financiero, económico y democrático–. En este sentido, si un presidente va a exponer el físico de manera multitudinaria y constante –por arriba del promedio institucional–, cualquier otra cosa que no sea un equipo de seguridad profesional, numeroso, y con capacidad de movilización y respuesta inmediatas, sería una irresponsabilidad gigantesca.

 

Desde el ángulo mercadológico, hay dos perspectivas: positiva y ambigua –nadie piensa que un presidente deba ser un ermitaño–. La primera, muy clara, considera que entre más mundano y alcanzable sea un presidente, mejor para las encuestas y, por lo tanto, mejor para su gobierno. La segunda es más suspicaz, ya que la exposición física del presidente conlleva, entre otras cosas, la adquisición de miles de compromisos informales con la gente como promesas de todo tipo; incorporación a programas sociales; acceso prioritario al servicio de salud, etc. Un método sería preguntarnos: ¿puede el equipo presidencial dar respuestas favorables a estas miles de peticiones generadas por su presencia física? Si la respuesta es no, se debe reducir o modificar la exposición presencial en algún grado.

 

Bajo una óptica de costo de oportunidad, un presidente que prioriza los eventos públicos –usualmente multitudinarios– a cualquier otro acercamiento, está desperdiciando el poder de las negociaciones privadas cara a cara –donde en realidad se arreglan los problemas–. Como argumenta el académico y exlíder de los liberales canadienses, Michael Ignatieff, en una entrevista en 2014 (Harvard Policy Cast, 10/12/14), la política necesita algo de secrecía –distinta a la opacidad sistemática desde y para con lo público– para encontrar tierra común, distender situaciones o evitar estancamientos. Por ejemplo, un presidente que quiera negociar con un sindicato o con un partido rival desde un templete en el Zócalo, probablemente sólo llegue a un acuerdo superficial, poco sincero y de corta vida.

 

Al momento, las potenciales respuestas son igual de superficiales. Por un lado, sabemos que, como le gustaba reiterar al gran Richard Neustadt –politólogo americano; autoridad académica en el estudio de la presidencia americana; y asesor de Truman, Kennedy, Johnson y Clinton–, “el poder presidencial es el poder de persuadir”. Aceptando dicha premisa, podríamos argumentar a favor de las dos opciones, la mucha exposición o la exposición controlada. La primera encaja mediante el criterio de “a mayor popularidad, mayor rango de persuasión del presidente” –sin duda–; y la segunda, vía un “la persuasión, en calidad y cantidad, se da mejor en ambientes privados” –también bastante sensato–.

 

¿De qué tipo de persuasión presidencial estamos hablando?, ¿qué define esta? y ¿cómo proteger ese poder que, en un contexto democrático y sin emergencias nacionales, es el mayor de un presidente? Charles O. Jones, profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, entiende la profundidad del planteamiento de Neustadt: “Los presidentes tienen que persuadir, y al mismo tiempo preservar su capacidad para hacerlo”, porque si se debilita la capacidad de persuasión, se debilita la institución de la presidencia.

 

@AlonsoTamez

 

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