“Nunca, nunca, nunca después de Hillsborough, me hables de noche desgraciada. Ni con bloody Karius, ni con bloody Bale, ni con bloody, maldito, hijo de…, lo que sea Ramos!”, el diálogo nasal, en el más profundo acento de Liverpool, el scouser, saturaba el restaurante del aeropuerto de Kiev.

Habían pasado ya doce horas desde la derrota red en la final de la Champions, pero sus devotos continuaban en trance, sin digerir lo acontecido en la cancha, como si los insólitos goles estuvieran entrando en ese preciso minuto. Esa frase había surgido después de que yo me atreviera a preguntar a un aficionado de unos treinta años si esa había sido la peor noche de futbol que recordara. Un individuo que por edad podía ser su padre, aunque por contacto físico o moderación de insultos era imposible averiguar el parentesco, arremetió al escuchar las palabras disgraceful y tragic: ni desgracia ni tragedia, para quien estuvo en un estadio en el que murieron casi cien personas, en la estampida y negligencia policial de aquel 15 de abril de 1989 en Hillsborough.

Por la saturación del aeropuerto, compartíamos mesa, a esas horas yo un café, ellos ya cerveza, incluso sin pudor algún whiskey. Entonces se sucedieron los comentarios como si se tratara de un grupo de damnificados que, mediante la exteriorización de los pesares, mediante la liberación de los traumas, mediante palabra y oído, buscara cura.

-No es culpa de Karius. Es más de Klopp. De Gea, Courtois, Ter-Stegen, te diré que también Navas…, sin un portero top, se hace imposible, aquí lo notas.

-No es culpa de Karius ni de Klopp, sino de Ramos: qué forma de bajarlo.

-¿Quieren la verdad sobre Ramos? La verdad sobre Ramos, es que es un triunfador y eso es todo lo que necesitas en partidos como éste. ¿Van Dijk, 75 millones de libras? ¡Entonces pongo cien millones por Ramos! ¡Un maldito líder!

¡Sabe cómo guiar a los muchachos!

-Depender tanto de un jugador. ¿Viste lo que fue de nosotros sin Salah? Nada. La banca del maldito Madrid tiene más que nosotros en la cancha.

-¿El maldito Madrid? ¡Teníamos al maldito Madrid! Era nuestro, lo teníamos.

-Y no hicimos gol…, pero mira: el resbalón de Gerrard cuando perdimos la Premier, la final de Basilea que nos ganó el Sevilla, la Copa de la Liga contra el City en penaltis… Cuando éramos niños, no éramos mejores, por Dios ve el equipo, no éramos mejores, pero sabíamos levantar trofeos, ahora, llámale amnesia, olvidado, olvidado.

-Ser del Liverpool antes era fácil, hoy, para nuestros niños…, hoy es valiente. Y mejor así. Me gaste miles de libras para llegar aquí y estoy orgulloso de los muchachos, hasta de bloody Karius. Lo ha valido, eso es ser del Liverpool: no venir a festejar, sino a…, a…, a vivir.

Me despedí sin saber si dar el pésame por la derrota o las gracias por el texto que involuntariamente me habían dictado. Minutos después noté que pasaba por su sala de abordar, la única con vuelo directo Kiev-Liverpool, al escuchar a un muchacho cantando: ¿qué decía o a qué se refería? Imposible entenderle. ¿Cómo lo hacía? Como si todavía no existiera la lesión de Salah, ni los errores de Karius, ni el vuelo de Bale. Como si el partido apenas estuviese por ser jugado, con la ilusión intacta: algo, acaso, sólo posible si se es del Liverpool, si se es el puerto que fue corazón del imperio más grande de la historia y luego, como alimento perecedero, caducó.

Prohibido decir disgraceful.

Twitter/albertolati

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