El presente año ha sido salvajemente cruel con el mundo de la música, pero con los artistas equivocados. Mientras el mundo tiene que seguir padeciendo verdaderas herejías musicales como Arjona, Julión Álvarez, Gerardo Ortiz, One Direction, Justin Bieber y una interminable lista imposible de publicar en este espacio, 2016 sigue arrebatando no sólo a grandes talentos, sino a leyendas que cambiaron el curso de la historia del rock y el pop.

 

VozNi siquiera han pasado cuatro meses del año cuando los dioses de la música ya han reclamado la presencia de David Bowie, Glenn Frey, Maurice White, Keith Emerson y George Martin, cada uno creador de un estilo único, íconos culturales que no sólo dejaron un legado legendario, sino que han sido influencia para las generaciones posteriores.

 

Uno de ellos lo fue, sin duda, Prince Rogers Nelson, el menudito músico, productor y compositor nacido en Minneapolis hace 57 años, pionero de lo que se conoce como el Sonido de Minneapolis, ese atractivo y sexy híbrido entre funk, rock, synth pop, blues, soul, jazz, pop y new wave que lo convirtió en una de las más grandes estrellas de la música durante las décadas de los ochenta y noventa.

 

Tan grande fue la figura y el talento de Prince que, en su momento, estaba a la par de superestrellas del calibre de Madonna o Michael Jackson, aunque estaba más en línea con la primera que con el segundo gracias a dos características: su siempre impredecible y andrógina apariencia y el alto contenido sexual no sólo de sus letras, sino de sus presentaciones y movimientos, que para esa época eran considerados poco menos que obscenos. Famosa es la legendaria guitarra que tenía en forma de falo y todas las referencias sexuales que aparecían en sus videos o conciertos, así como en temas tales como “Sexuality”, “Little Red Corvette”, “Soft and wet”, “Peach” (con todo y los sugerentes gemidos de Kim Basinger) o “Cream”, por citar algunas.

 

Pero más allá de la controversia que pudiera generar debido a su personalidad (que en escena era diferente del tipo más bien retraído y hasta cierto punto tímido y antisocial que era en lo privado), Prince tenía un talento pocas veces visto en la música. De hecho, él era quien tocaba prácticamente todos los instrumentos en sus discos, utilizando para sus presentaciones en vivo a una banda de apoyo (a las que bautizó primero como The Revolution y luego The New Power Revolution), además de que era un extraordinario guitarrista con un alto rango vocal. No por nada Rolling Stone lo considera como uno de los más grandes artistas en la historia de la música.

 

En cine participó en cuatro cintas: Purple Rain (1984), Under the cherry moon (1986), Sign o’ the times (1987) y Graffiti bridge (1990), bastante deficientes todas ellas, pero lo que las salvaba era la música, en particular la banda sonora de la primera, por la que incluso ganó el Oscar. En 1989, formó parte del renacimiento de las películas de superhéroes al hacerse cargo del soundtrack –en la parte de las canciones, pues el score fue de Danny Elfman– para Batman, de Tim Burton, un extraordinario trabajo muy acorde con el mood que Burton le dio al filme.

 

Durante la década de los noventa, mucho antes de que existieran servicios como Spotify o Pandora, Prince se convirtió en uno de los primeros paladines que luchó por la libertad del artista en contra de lo que él llamaba la “esclavitud” de las disqueras, lo que lo llevó a pelearse con su compañía de toda la vida, Warner Bros., con la cual pasaría más de una década para que volviera a trabajar. Fue durante esta época en que cambió de nombre varias veces. Dejó de ser Prince para convertirse en El símbolo, El artista anteriormente conocido como Prince y otros, que representaban su inconformidad ante la avaricia de las disqueras.

 

Ya en el siglo actual, además de producir a jóvenes artistas y realizar varias giras, siguió peleando con empresas como YouTube, Spotify y Apple Music, alegando que se infringían derechos de autor y retirando, lamentablemente, toda su música de dichos servicios. Solamente Tidal, la empresa de Jay Z, es la que tiene los derechos para poder ofrecer en streaming toda su discografía, aunque ésta también se encuentra en iTunes.

 

Miembro de los Testigos de Jehová desde 2001, ése era Prince, un artista poco ortodoxo, no muy del agrado de muchos debido a su personalidad y excesos, pero que dejó un legado extraordinario que seguramente ahora comenzará a ser apreciado en su justa dimensión. Ganador de siete premios Grammy, un Globo de Oro, un Oscar, inducido al Salón de la Fama del Rock en 2004 y headliner del espectáculo del medio tiempo del Super Bowl XLI en 2007, The Purple One no tuvo quizá la publicidad y el reconocimiento popular que merecía su talento (al menos con las generaciones actuales), pero su muerte ha dejado un enorme hueco en la historia de la música estadunidense, y ha sido lamentada por personalidades como Justin Timberlake, Billy Idol, Stevie Nicks, Madonna, Daryl Hall, Goldie Hawn, Samuel L. Jackson, Lionel Richie, Chris Rock, Nile Rodgers, Katy Perry, Gene Simmons y centenares de celebridades más de la política, el arte y el deporte.

 

Sí, Prince fue un artista de los que ya no hay muchos, que siempre arriesgó y probó cosas nuevas, interesantes, provocadoras y de una altísima calidad musical. El Olimpo de los dioses de la música lo ha reclamado. Descanse en paz His Royal Badness.