KABUL. La familia de una mujer afgana que fue linchada a muerte, en un ataque que indignó al mundo debido a su brutalidad, vive aislada y con temor en espera de una justicia que cree que nunca llegará.

 

Desde que Farkhunda Malikzada fue asesinada el 19 de marzo, la vida de sus familiares se detuvo, dijo su padre, Mohammad Nader Malikzada, de 72 años.

 

“No podemos llevar una vida normal, nuestros hijos no pueden ir a la escuela o universidad, ni siquiera podemos ir de compras”, dijo a The Associated Press. “Estamos bajo presión psicológica. Esta casa es un infierno”.

 

Su desesperación se agravó este mes, cuando la Corte Primaria de Afganistán liberó a 37 de las 49 personas condenadas por el homicidio de Farkhunda mientras se apelan las sentencias que, de acuerdo con la familia, son muy leves.

 

Luego de que un vendedor ambulante en un templo de Kabul acusó falsamente a Farkhunda de haber quemado un Corán, una muchedumbre la atacó, sin que la policía interviniera. Luego de golpear, patear y azotar a palos a la mujer, la turba la aventó de un techo, la arrolló con un auto y la aplastó con un bloque de concreto. Luego prendieron fuego a su cuerpo en la rivera del río Kabul.

 

Videos del ataque circularon en línea y el homicidio generó una turbación generalizada. Las protestas en las que se exigía derechos de la mujer y reformas judiciales llevaban pancartas con el ensangrentado rostro de Farkhunda y varias veladoras. Al cumplirse 40 días de su muerte, su asesinato fue revivido por activistas determinados a mantener vivo su recuerdo.

 

Sin embargo, en los meses posteriores, la familia de Farkhunda -sus padres de edad avanzada y la mayoría de sus siete hermanas y dos hermanos con sus esposas e hijos- aseguran que han sido abandonados por quienes buscaron utilizar su nombre para atender sus propios intereses.

 

Rara vez salen de casa por temor a la violencia, secuestros o venganza por parte de la policía o participantes del linchamiento que han sido liberados. Los adultos no van a trabajar y los menores ya no asisten a la escuela ni a la universidad. “¿Qué pasará si los niños ya no pueden ir a la escuela? ¿Serán analfabetas?” dijo Najibullah, el hermano de 37 años de Farkhunda.

 

La madre de la víctima, Bibi Hajira, asegura que siente que sus vidas están en un peligro constante. “Queremos que se haga justicia, y queremos irnos a un lugar seguro”, dijo. “No tengo ni el poder ni el dinero para luchar por eso”.

 

En los días posteriores al asesinato de Farkhunda, los familiares se reunieron con la primera dama, Rula Ghani, quien dijo que “la tragedia barbárica y horrible” había resaltado lo violenta que se había vuelto la sociedad afgana luego de más de 30 años de guerra.