“Safari en Tepito” es toda una experiencia. El proyecto es una suma del discurso artístico y social de la artista holandesa Adelheid Roosen y el del creador escénico y cinematográfico Daniel Giménez Cacho quien por su primer proyecto televisivo “Crónica de Castas” lleva tiempo rolando ese barrio tan cargado de lo mexicano. Estructuralmente es un híbrido social que se fundamenta en la creación escénica. La primer premisa del experimento es que cuatro actores profesionales fueron adoptados por cuatro parientes tepiteños durante 15 días. Tres de las parientes adoptivas son de “Siete cabronas e invisibles de Tepito” grupo de empoderamiento local. De la convivencia, de la comunión entre ellos surgieron cuatro obras que tejen las vidas de los 8 actuantes y, en síntesis, aluden a que en lo profundo, somos sacos de agua, sangre, vísceras y pulsos necesitados del otro para existir y para la construcción de sentido. “Safari en Tepito” advierte que el otro es cualquiera, no sólo el más parecido a mí en circunstancia, en barrio. Es toda una experiencia, fue concebido para ello. Particularmente, experiencia para eliminar fronteras socio-económicas, morales, religiosas—ideológicas en general—. La apuesta fue grande y si de algo no tengo duda, repito, es que “Safari en Tepito” es toda una experiencia. La apuesta radicaliza (quizá hasta en formas no deseadas).

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La radicalidad del proyecto es, sin duda, calibre safari. No concuerdo que sea porque se ponga a los tepiteños en condición de animales, sino por un principio más bien económico que se engloba bien en la atrevida frase: “pago por ver”.

¿Cuándo uno paga por ver?

a) cuando la vida depende de ello y tiene que dar ése último salto, embriagado de esperanza.

b) cuando se puede. Cuando sobra. Cuando embriagado de ocio, se suelta capital excedente y se usa para inyectarle vida a la vida.

En ambos casos el “pago” es resultado de darle sentido a la existencia. No tiene sentido hacer un safari en Bosques de las Lomas por la sencilla razón que quienes pagarían por verlo residen ahí, tienen parientes ahí o en algún lugar análogo. Sería irrelevante. Además, por status, los de arriba no tienen por qué demostrar su lugar legítimo en el mundo, los de abajo, los de las fronteras, siempre. Las dos rutas del safari, planeadas a detalle, llevan en cuidada fila india a pie o en moto al visitante, al extranjero, por la geografía tepiteña mostrando la relevancia histórica y actual del barrio. Los artificios de la ficción que acompañan al viaje, son intervenciones por jóvenes teatreros voluntarios que van acentuando la influencia original de Tepito en la identidad mexicana.

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Tepito—sumando las ramificaciones etimológicas del nombre—ha sido, hasta donde la documentación entiende, en primera, territorio fronterizo. Frontera de Tenochtitlán y Tlatelolco. Frontera entre Cortés y Cuauhtémoctzin. No es una locura que ahí, con su condición de frontera, fuera semillero de bravura, de identidad. Dice un documental sobre Tepito: “De modesto barrio indígena a arrabal de la ciudad de los palacios; abrevadero cultural de los chilangos, ropero de los pobres, semillero de campeones, atracadero urbano y reciclador de conciencias e inconsciencias.” Ha sido todo eso. Sólo me opondré al modesto. No, no modesto, estratégico, violento, peligroso, poderoso, fronterizo. ¿Por qué siempre usamos los mismos adjetivos, tan tibios, tan “correctos” cuando se hacen referencias al mundo prehispánico? ¿Cuándo y cómo vamos a llegar a la unidad que concilie la escisión entre la modestia prehispánica y la violación Ibérica? Algo habrá que asumir.

Sin embargo “Safari en Tepito” asume y falla en el acto. Se asumen, se dan por hecho cosas importantes en relación a la experiencia. Se asume, sobretodo la ignorancia de los espectadores. No sólo ignorancia sobre el barrio (bravo), que es la más obvia y quizá la más real para el nivel de provocación con que el nos recuerda que para la interacción lo mínimo necesario es un yo y otro-yo. Se asume que como público, como turista—aunque se quiera no se puede, ni se debería, negar que el proyecto es el equivalente citadino al turismo alternativo—sólo hay una vía para vivir el acontecimiento. Se respira un afán de control sobre el espectador más allá del necesario para no perder la ruta. Asumen los miembros del safari que éste necesita de asistencia arribar a la anagnórisis. Esto resulta en desear la estandarización de la experiencia donde pensando en provocar y lubricar la comunión del público con el lugar y con el proyecto se cae en una desesperación que grita: “No puedes olvidar que estás teniendo una experiencia que te cambiará la vida”.

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Falta de confianza en que el otro se confrontará y se hará las preguntas consecuentes de lo vivido, deviene en comunicación forzada que, en mi experiencia, se resana cuando uno olvida que la interacción entre el público es parte de una “tarea” del proyecto. Se olvida que el teatro apela a la libertad del espectador. El gancho a la sien, típico del box tan querido en Tepito, está en que vivimos en un mundo donde la pregunta y la comunión son poco importantes y una de las vías para recobrar su relevancia implica anular la libertad de experiencia a favor de que el mensaje pase de manera más clara. Me pregunto si esta vía no se parece demasiado al resto de las estrategias publicitarias que analogan el consumo de un producto con el estado del ser de su consumidor.

“Safari en Tepito” se estrenó dentro del marco de actividades para el “Festival del Centro histórico de la ciudad de México”, el 13 de marzo de 2014 y continuará durante abril. El costo del boleto es de 300 pesos, que incluyen las 4 horas de una de las dos rutas del Safari, comida y “meadas”. Los boletos están a la venta en el teatro “El Milagro”.

 

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