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“We don’t need more museums that try to construct the historical narratives of a society, community, team, nation, state, tribe, company, or species. We all know that the ordinary, everyday stories of individuals are riches, more humane, and much more joyful.”

― Orhan Pamuk, The Innocence of Objects

 

La protesta comenzó para evitar la destrucción del Parque Gezi, una de las pocas áreas verdes que quedan en esa zona –de clases mayormente bajas- en Estambul[1].

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Terminó en una apuesta por construir –a modo de protesta-, al menos temporalmente, una utopía, la “Ciudad de Evet” (Ciudad del sí, como la ha denominado la periodista Claire Berlinski[2]), una mini nación de jóvenes donde nada está a la venta y que, con dinamismo, sencillez y casi sin intención, desafía la convención en todos los ámbitos, reinventa las normas políticas, de convivencia y sus formas de expresión.

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James Loyd parece resumirlo maravillosamente en un párrafo: “diversidad como oposición a la homogeneidad, democracia como oposición a la autocracia, la cultura como oposición al consumo”[3].

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La cultura y el arte juegan un rol fundamental en Gezi. Las expresiones artísticas se han convertido en un mecanismo efectivo de expresión de la protesta, para denunciar la violencia y la censura de la que están siendo víctimas los manifestantes y que ha logrado masificarse y pasar los filtros del desinterés y la desinformación al tiempo que Gezi por sí mismo se ha convertido en un centro de creación artística que no sólo se circunscribe al contexto de la protesta, sino que lo trasciende.

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En este sentido, Gezi y su reinvención del espacio público han puesto en jaque no sólo al Estado Turco, sino también a otras instituciones que ejercen control, que toman decisiones y que marcan “lo que va y lo que no”: las instituciones culturales. Al interior de Gezi hay un museo “el Museo de la Revolución” que conserva los momentos más significativos de la protesta; galerías de arte con diversas exposiciones, una biblioteca pública , el “Activist Cinema Club” y hasta su propia orquesta filarmónica la “Gezi Park Philharmonic”[4].

 

 

Además de las expresiones más organizadas, Gezi y los alrededores han sido invadidas por danzas derviches, danzas halay, Street art, yarn bombing y wishing trees, árboles donde todas las personas escriben en trozos de papel buenos deseos. Aquí caben todas las formas artísticas, tradicionales o novedosas.

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Con esto los manifestantes evidencian también que ellos no necesitan ni críticos ni curadores, que las tendencias les tienen sin cuidado y que, si ellos están escribiendo la historia, bien pueden elegir cómo expresarla artísticamente. [5] y [5a].

 

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Tan es así que la Bienal de Estambul, cuya 13va edición está próxima a celebrarse, se encuentra ahora en una crisis podríamos decir existencial. Como bien señala el artista sudafricano Kendell Geers, Gezi satisface precisamente los objetivos de la Bienal: generar un efecto democratizador dentro del arte, un espacio para el contraste de ideas y una reflexión acerca del papel del arte en contextos democráticos[6]. Representa una conquista del espacio público también en términos culturales.

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Tenemos mucho que aprenderle a Gezi y sus ocupantes. Su meridiana claridad sobre lo que en verdad implica “el espacio público” y sobre las posibilidades del mismo. Sobre las capacidades que tiene un grupo de romper con esquemas y cambiar dinámicas, incluso frente a regímenes autoritarios. En Gezi todos los días se escriben con una nueva narrativa.

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