Terminó la década de los 60 y con ella se esfumó esa atmósfera de esperanza y libertad en que la juventud del mundo gozaba de su música. Declinó la década del amor y la paz y su lugar lo asaltaron los movimientos de cadera en la pistas de baile.

 

Las persecuciones de legiones de fanáticas enloquecidas, los míticos conciertos masivos y las presentaciones secretas que se convertían en materia de culto quedaban atrás; los avances en los equipos de grabación y reproducción hacía de los  tornamesas objetos centrales de la celebración. Palabras como DJ y Discoteque se agregaron al vocabulario del mundo.

 

El sonido Motown: Donna Summer, The Bee Gees, Gloria Gaynor, The Village People The Jacksons 5 y ABBA forman parte de los cromosomas de toda una generación. Es el único género que recibió su acta de defunción el 21 de julo de 1979, cuando en el estadio de los White Sox de Chicago se realizó la Disco Demolition Night, una quema masiva de LPs de música disco organizada por una estación de radio que marcó su declive comercial. Aun así, trascendió su década y forma parte de la esencia rítmica de nuestro siglo XXI.

 

El primer público de la música disco fueron las comunidades afroamericanas, latinas y homosexuales de Nueva York y Filadelfia, dos ciudades cosmopolitas donde se gestó la música que reaccionaba contra la dominación absoluta del rock y el folk., para 1970, David Mancuso inauguraba en Broadway The Loft, un club privado instalado en su propia casa donde,  aprovechando los avances de tornamesas, mezcladoras y amplificadores, hacía sonar un ritmo que conjunta varios ritmos bailables con el rithm and blues y sonidos electrónicos.

 

Era la música que los jóvenes estaban esperando. Escribía Nik Cohn en su célebre artículo Tribal Rites of the New Saturday Night (Los ritos tribales del nuevo sábado en la noche), que inspiraría al personaje de John Travolta:

 

[…] las nuevas generaciones toman pocos riesgos. Pasan por la universidad, son obedientes; se gradúan, buscan un trabajo, ahorran y hacen planes. Soportan. Y una vez a la semana, el sábado por la noche, ese gran momento de liberación, explotan.

 

Hacia finales de esa década, todas las ciudades de Estados Unidos tenían una escena amplia de clubres, disco, principalmente en San Francisco, Miami; pero la capital siguió siendo Nueva York. Los más prestigiosos clubs elaboraron sistemas de luces que cambiaban con el ritmo de la música.

 

Había también en esos ambientes una subcultura de drogas, en particular de aquellas que ampliaban la experiencia de la música bailable y las luces de colores: cocaína (blow), derivados de nitritos de aquilo (poppers), y la metacualona –un fuerte sedante hipnótico– (quaalude).

 

Mientras la pista de baile era la arena central de la seducción, el sexo tenía lugar en sus rincones aledaños: baños, salidas de emergencia, estacionamientos… al poco tiempo las prácticas secretas se regularizaron; la historia del club Studio 54 da el mejor ejemplo de esa parte de la experiencia de la música disco.

 

La música disco fue el eje sobre el que se construyó la cultura popular de los 70. Basta recordar algunas de las series de televisión más exitosas (Los ángeles De Charlie, Dallas, El crucero del amor)

 

La plástica de la noche disco rebasaría los límites de lo subterráneo enfundada en los pantalones ajustados de John Travolta y sus sensuales ritmos hastle, en una Fiebre de Sábado por la Noche que omitía todo el lado oscuro de las noches disco que había retratado Cohn en su reportaje.

 

A partir de entonces (1977),  se discotizó toda la música posible. Artistas que no pertenecían al género también cayeron en la fiebre disco; hay ejemplos notables como Heart of Glass  de Blondie, Copacabana de Barry Manilow y John I’m Only Dancing (Again) o Modern Love de David Bowie.

 

Aun después de aquella noche de 1979 en Chicago, la música disco continuó presente: en el movimiento de glam metal de la década de los 80, en las mayas de Freddie Mercury, David Bowie e Iggy Pop; en el relanzamiento del funk en sus figuras más excéntricas; la música de Depeche Mode o Erasure y, más recientemente, en la cultura rave, que mantiene vivo el amor a la música bailable, la conjunción de cuerpos en una pista y el juego de música y luces donde nacen las noches inolvidables.