¿Qué habría sido de Garry Kasparov sin Anatoly Karpov? ¿Y del Duque de Wellington sin Napoleón? ¿Y de Carl Jung sin Sigmund Freud? ¿Y de Miguel Ángel sin Leonardo? ¿Y de la literatura de Góngora sin Quevedo? ¿Y de la música de Beethoven sin el arrollador precedente de Mozart? ¿Y del boxeo de Joe Frazier sin Muhammad Ali? ¿Cómo los recordaríamos a uno sin el otro? ¿Qué tan distintos habrían sido sin semejante rival, sin tan evidente punto de comparación?

 

Y ahí están, separados por una red, Roger Federer y Rafael Nadal: enésimo capítulo del mismo partido que llevan épicamente jugando desde hace casi una década.

 

Roger nació para practicar tenis; sus movimientos son naturales, obvios, cadenciosos, elegantes, ballet con raqueta; Rafa es el macho ibérico versión tenis; cada golpe es víscera; cada contacto con la pelota sale de las entrañas y desde ahí se grita. Aunque, en cualquier momento, Federer se convierte en guerrero y enjundia, mientras Nadal torna en tenis de alta costura y mesa con muchos cubiertos.

 

Como casi siempre ha sucedido en este choque, Nadal se impuso el jueves en otra memorable exhibición, ahora dentro del Abierto de Australia. Paradojas de la vida: la historia pertenece a Roger, pero Roger pertenece a Nadal.

 

Sólo terminado el espectáculo, el español colocó, preciso y contundente cual servicio as, el dedo en la llaga: “toda mi carrera he tenido enfrente a un jugador mejor que yo y eso me permite aprender”.

 

Por supuesto que todo deportista quisiera ser rey sin discusión ni esfuerzo, imponerse con facilidad y jerarquía, pero poco fundamento habría para crecer: Federer es leyenda viviente y tan longevo artista, en buena medida porque Nadal lo obliga a seguir ahí, a sublimar su perfección, a seguirse puliendo a los 30 años; Rafael ha alcanzado esta depredadora dimensión también, en parte, porque delante ha tenido a semejante leyenda, espejo, mímesis.

 

Hace unos días, en otra rivalidad clásica pero de deporte de conjunto, el Real Madrid sucumbía de nuevo a manos del Barcelona y lo doloroso para su gente, aún más que la derrota, era caer sin utilizar sus mejores armas y rompiendo con su tradición. El pasado miércoles los merengues volvieron a ser vencidos, pero qué diferente fue hacerlo sin renunciar a su esencia, a su categoría de gigante, a su vocación de morir matando y no conformarse con morir muriendo. Formas opuestas de percibir el concepto de la rivalidad: obligando a que te haga mejor o cediendo pusilánimemente a que te convierta en peor.

 

Lo de Federer y Nadal es, sin duda, el mejor ejemplo de que un poderoso rival resulta la mejor puerta para superarte. Un mes atrás, cuando Roger barrió a Rafa en Londres, tuve la posibilidad de entrevistarlo. Humilde –pero pleno- admitía que vencer a Nadal le permite seguir soñando. ¿Soñando con qué, tras acumular la mayor colección de trofeos tenísticos de la historia? Quizá con hallar forma de sacarse esa piedra mallorquina del zapato.

 

Ya si cruzan declaraciones por el calendario de partidos; ya si se reconcilian para jugar en un rascacielos de Dubai o hacer publicidad en Abu Dabi; ya si reabren el debate respecto a las opciones de Nadal de desplazar a Federer del pedestal histórico, lo mismo da.

 

Seamos privilegiados testigos, mientras dure, de dos grandes que se engrandecen más al enfrentarse. De esto está hecho el deporte, en esto consiste la vida. Como si Kasparov y Karpov, o si Leonardo y Miguel Ángel, o si Ali y Frazier.

 

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Alberto Lati

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