El 23 de mayo de 1914, un barco de vapor con 376 pasajeros llegó a las costas de Vancouver, en Canadá. Venía desde la India. La mayoría de sus pasajeros, de origen musulmán, hindú o sikh, no lograron pisar suelo canadiense (Gobierno de Canadá, 2016). Después del largo viaje, de soñar con una nueva vida, las leyes de aquel entonces les impidieron desembarcar hacia ésta. Disposiciones legales de 1908 prohibían la entrada de migrantes que no llegaran en “un viaje continuo”, es decir, sin hacer una sola parada en todo el trayecto. Esta condición era un claro obstáculo para las personas que llegaban de Oriente –lo largo del viaje obligaba a hacer descansos en puertos de paso-, pero no necesariamente para las que llegaban desde Europa –cruzar el Atlántico hacia Canadá era algo recurrente y posible- (The Washington Post, 2016).

 

A una horas del arribo, el entonces Primer Ministro de la Columbia Británica, Sir Richard McBride, declaró que “admitir orientales en grandes números significaría el final, la extinción de la gente blanca” en Canadá (The Washington Post, 2016). Después de casi dos meses de incertidumbre y espera en las costas de Vancouver, el barco no tuvo más opción que regresar a la India. Cuando llegaron a Calcuta, oficiales británicos intentaron arrestar a los supuestos radicales del barco, matando a 19 pasajeros y arrestando a otros tantos (Comisión de Derechos Humanos de Ontario, 2016). El racismo institucionalizado ejercido por el gobierno fue el responsable indirecto de esas muertes. Desde entonces, el triste episodio es conocido como el incidente de Komagata Maru, nombre de la embarcación. Pasarían más de 100 años para que el gobierno de Canadá ofreciera una disculpa oficial por el suceso.

 

El pasado miércoles 18 de mayo llegó, precisamente, ese día. Ante la Cámara de los Comunes, y acompañado de varios descendientes de los pasajeros, el Primer Ministro Justin Trudeau pidió perdón a nombre de su gobierno. Perdón por la frivolidad de las autoridades de aquel momento, por la falta de empatía, por negarles una vida más digna simplemente por sus rasgos y origen. El también líder del Partido Liberal declaró: “Komagata Maru es una mancha en el pasado de Canadá. Pero la historia de nuestro país es una en la que nos desafiamos constantemente a nosotros mismos (…) para ampliar nuestras definiciones personales de quién es un canadiense. Hemos aprendido, y seguiremos aprendiendo, de los errores de nuestro pasado. Hay que asegurarnos de que nunca se repitan” (Gobierno de Canadá, 2016).

 

En este caso, como en muchos otros, las palabras nunca serán suficientes para enmendar las injusticias. Pero detrás de acciones como esta, hay valor y sustancia: un franco gesto de reconciliación. Un gobierno no solo administra un país; también contribuye –para bien o para mal- en los ánimos nacionales; esto, invariablemente, implica tocar pasado y futuro. Varias naciones han emitido disculpas oficiales por vergüenzas pasadas. Hacerlo no los exculpa, por supuesto, pero los libera, en cierta medida, de las ataduras ideológicas o dogmáticas que un episodio así de traumático –socialmente hablando- suele conllevar. Esto, además, puede ampliar su rango de acción al elevar su legitimidad frente a la oposición y la sociedad.

 

La lógica de una disculpa oficial no es enterrar un tema, sino cambiar su significado. Es renovar símbolos. Y quien los renueva suele ser quien se los apropia –por lo menos hasta que alguien se los arrebate de la misma forma-. En general, están ahí esperando a ser explotados. Por supuesto, no cambiarán un país de la noche a la mañana, pero en la política –terreno de lo visceral, desafortunadamente- es innegable la importancia de expresiones así. El carácter visual y emocional del humano hace que la tarea de gobierno sea más compleja y volátil que simplemente operar una estructura burocrática sin emociones; gobernar robots sería más mucho más fácil que gobernar humanos. Hay partes que la tecnocracia no alcanza a tocar, pero las emociones sí.

 

El gobierno mexicano, a través de los años, ha cometido o participado en diversas injusticias: la matanza del 68, el “Halconazo”, la “Guerra Sucia”, la ineptitud tras el terremoto de 85… Tal vez llegó el momento de que el Presidente Peña –que acaba de estrenar su faceta progresista con sus iniciativas de la cannabis y el matrimonio igualitario- recurra a una de las prácticas más nobles y unificadoras que, como Jefe de Estado, pudiera realizar: pedir perdón por errores de nuestro pasado. Sus antecesores no tuvieron la conciencia histórica. Un gesto así le vendría bien a México.