Los europeos se han hecho escuchar en las elecciones que se llevaron a cabo entre el 22 y el 25 de mayo pasado. Y lo hicieron prácticamente a una sola voz cuando en las elecciones para elegir a los 751 diputados al Parlamento Europeo por un periodo de cinco años, decidieron castigar a la burocracia actual de Bruselas por sus malos resultados en la tarea de reactivar la economía y reducir el enorme desempleo que aún se cierne sobre la mayor parte de la población del territorio de la Unión Europea.

 

El mensaje de los votantes europeos -que ha favorecido a los grupos radicales y antieuropeos que ya alcanzan un 20% de los nuevos escaños del Parlamento- ha sido demoledor para el actual liderazgo político bipartidista de la Unión.

 

Y es que los resultados de las urnas han sido contundentes: Los ciudadanos no están dispuestos a seguir soportando en sus bolsillos y en su futuro las consecuencias de la aplicación de políticas tibias, de desdén y hasta la corrupción de los burócratas de Bruselas ante una crisis económica que no parece tener fin.

 

El semanario británico The Economist, un prestigiado espacio de los liberales para la crítica demoledora particularmente hacia las políticas de la Unión, fue más allá a raíz de los resultados electorales europeos y advirtió sobre el colapso de la Unión Europea de no tomar medidas inmediatas.

 

“La urgencia de la prosperidad económica y la democracia se encuentran en el génesis del arrollador triunfo de los partidos de derecha antieuropeos en las elecciones del pasado 25 de mayo en la Unión Europea (UE), que a 57 años del Tratado de Roma, con el que dio inicio el proyecto para unir a las economías del continente, podría estar acercándose a su fin”.

 

Y continúa la advertencia de la revista británica: “Para salvar a la UE será preciso que ésta inicie el profundo cambio que, por medio de las urnas, los ciudadanos de los países integrantes están exigiendo. Ello pasa por reducir la burocracia en Bruselas y regresar a los países integrantes libertad para solucionar muchos de los problemas que más los han golpeado, como el desempleo”

 

El mandato de los votantes ha sido claro sobre la urgencia de adoptar medidas que acerquen a los ciudadanos a los órganos de decisión europeos, que retomen la senda del crecimiento económico y que, sobre todo, éste se traduzca en generación de empleos y en una democratización de sus beneficios.

 

Este sentir que los europeos han plasmado en las urnas es fácilmente perceptible en las calles cuando se les pregunta sobre la actuación de sus líderes nacionales y europeos. La reacción es de enojo y fácilmente se obtienen respuestas como “ellos se han enriquecido mientras nosotros nos hemos empobrecido en los últimos años”, refiriéndose no sólo a los líderes políticos, sino también a los grandes empresarios.

 

Por ello no es casualidad que un libro como el que escribió el economista francés Thomas Piketty (El Capital en el siglo XXI), en el que analiza históricamente a la desigualdad como una de las grandes torpezas y riesgos del capitalismo, haya sido recibido con tanto interés además de la natural polémica entre los intelectuales.

 

Creo que The Economist exagera en su advertencia sobre el fin de la Unión Europea, pero no en la urgencia de los cambios que deberán adoptar los nuevos parlamentarios europeos y la Comisión Europea antes que la ciudadanía profundice la tendencia a la radicalización que ya marcó en las urnas.

 

Para los políticos europeos ha llegado el tiempo de hacer política para los ciudadanos con resultados concretos a corto plazo. Sería desastroso -para Europa y para la estabilidad financiera global- que hicieran caso omiso al grito ciudadano en las urnas.