Colmo del Rebaño: llegar al fin como vigente campeón a un Clásico nacional y, sin embargo, hacerlo bajo el peor escenario posible; ese de saber que ganando el partido ganará mucho menos que lo que perderá perdiéndolo.

 

La ecuación es más clara que tan redundante enunciado: con una eliminación que tan pronto luce inevitable, el Guadalajara no tiene forma de viajar al Azteca a exhibir su cetro ante propios y restregarlo ante rivales; todo lo contrario, lo hace condenado y apesadumbrado, tenso y nostálgico, confundido y aturdido, bajo en confianza y seguridad, como si desde la final del 28 de mayo no hubiesen transcurrido algo más de cuatro meses, sino toda una vida.

 

De imponerse al América, no maquillará nada –me resisto a pensar que eso baste para rescatar el orgullo: si de verdad se es grande, el orgullo implica mucho más que vencer al acérrimo rival.

 

De caer a manos de las Águilas, la hecatombe estará rematada –entonces sí, eliminado de forma matemática y con el remanente de dignidad mancillado.

 

Demasiado más que perder que lo que puede ganar en el torneo posterior a la gloria, en el momento en que su muy devota feligresía se pensaba lista para abrir una era de dominio sobre los colores más detestados.

 

En todo caso, como con el certamen mismo, el resultado en el Clásico no puede cambiar una realidad: al Guadalajara le urgen ciertas modificaciones, aunque la mayoría más propias de diván que de draft. ¿Qué ha propiciado que estos futbolistas no sean capaces de cargar con lo que ellos mismos construyeron? Una y mil veces repetiré que en parte la mala pretemporada, aunque mucho más el asumir que la película había terminado con la copa en alto y un vivieron felices por siempre que, como es la naturaleza del deporte, sólo podía bastar para vivir felices mientras el balón no volviera a rodar.

 

Cuestionar la continuidad de Matías Almeyda es preferir el caos de los años que le precedieron (o tan pronto haberlos olvidado) por encima de los alcances que tuvo desde su arribo. Por eso me preocupó la comparecencia grupal tras la enésima derrota, esta vez contra el Morelia y en un duelo marcado por ese fatalismo que sólo persigue a quien más le teme. Comparecencia sana de cara al aficionado (admitir responsabilidad, proyectar que el fracaso duele tanto a quienes juegan como a quienes apoyan, dar la cara), pero acaso mensaje hacia la directiva: de fidelidad al director técnico, de evitar las tentaciones de despidos y rompimientos, de unión, de respeto a un proceso.

 

Meses atrás, el Guadalajara pensó que vendría a la capital a compartir lo brillante que es su nuevo trofeo; todo lo contrario, viaja a sabiendas de que en en pleno Clásico, con una derrota, habrá terminado por naufragar al defenderlo; peor incluso, que con una victoria eso difícilmente cambiará.

 

Sólo le queda ganar, aunque haciéndolo no gane demasiado.

 

Twitter/albertolati

 

 

 

caem

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