Héctor Zagal

Héctor Zagal

(profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

¿Por qué nos reímos? No me refiero a los músculos involucrados en la acción ni a los beneficios emocionales que pueda brindarnos una buena carcajada ni a los mecanismos inconscientes detrás de un chiste. Me refiero a qué nos hace reír, qué temas, formulaciones o situaciones nos provocan risa. Asimismo, me pregunto si habrá temas cuyas connotaciones políticas, sociales o culturales, en los que no haya lugar para el chiste. Por ejemplo, ¿a cuántos de nosotros –considerando que este “nosotros” se define por ser personas del siglo XXI dentro de una tradición judeocristiana– nos daría risa un chiste sobre crucifixiones? Difícil, ¿no creen? Pues pensar en la crucifixión como un tema risible no incomodaba a los romanos del siglo IV d.C.

Sabemos que no les incomodaba gracias a un curioso texto conocido como “Philogelos”, cuya traducción desde el griego antiguo al español podría ser “El amante de la risa”, en el que se recogen alrededor de 260 y 265 chistes. Más allá de lo entretenido que pueda resultar leer chistes de hace más de 1600 años –se calcula que el grupo de chistes que conforman el “Philogelos” podría haberse compilado entre los siglo IV y V d.C.– quizá duden de la capacidad de éstos para provocar una risa contemporánea. A ver qué opinan de éste: El peluquero pregunta “¿Cómo quiere que le corte el pelo?” Y el cliente contesta “En silencio” (sic). ¿Al menos una sonrisa? En el “Philogelos” podemos encontrarnos con otros chistes que podrían provocarnos una risa si se nos ofrece un poco de contexto. Por ejemplo, si escuchamos el chiste “Un abderita –proveniente de Abdera– ve a un eunuco hablando con una mujer y le pregunta a otra persona si será su esposa la mujer con la que habla. La persona le responde que el hombre es un eunuco y que no puede tener esposa. “Ah, entonces es tu hija”, contesta el abderita.” (sic) Sin el contexto de que los abderitas eran uno de los blancos de burlas más comunes de los romanos. Quizá podamos comparar el papel de los abderitas en los chistes romanos con el de los gallegos en algunos chistes en México. Aunque actualmente somos más sensibles respecto a las bromas étnicas, en el “Philogelos” podemos encontrar cerca de 60 chistes étnicos dedicados a los habitantes de las ciudades de Abdera, Sidón y Cime.

De hecho, un chiste sobre un crucificado tiene que ver con un abderita. Va más o menos así: Un abderita ve a un atleta crucificado y exclama: “Ya no corre, ahora vuela”. La fuerte carga simbólica de la crucifixión en nuestro contexto no sólo hace que lo consideremos un mal chiste, sino que podría considerarse ofensivo. Pero, insisto, el contexto es importante. Los romanos crucificaban a los que no eran ciudadanos romanos, como los prisioneros de guerra y los esclavos. No sólo era una práctica denigrante y cruel, sino (tristemente) bastante común.

Otros chistes de “Philogelos” están dedicados a los intelectuales vistos de manera despectiva como personas tan literales y abstractas que terminaban siendo víctimas de su propia inteligencia. Otros chistes se basan en el ingenio, otros se concentran en quienes tienen mal aliento, en los cobardes y en los borrachos. Un tema presente en este compendio y que seguramente hemos escuchado aún en nuestros días es la esposa. Uno de esos chistes va así: Un tipo le dice a su amigo “Anoche me acosté con tu mujer.” A lo que el amigo le contesta “Yo soy su marido y tengo que hacerlo, pero tú, ¿qué excusa tienes?” (sic)

Es difícil que los chistes leídos nos muevan a la carcajada. No sólo por la distancia temporal y cultural entre los romanos y nosotros –que es menos de lo que a veces nos imaginamos–, sino porque el chiste requiere de cierta vitalidad ausente en la tinta y el papel. Hace falta la entonación, los gestos, el momento adecuado para introducir el chiste. Piensen en su comediante favorito. Ahora, ¿qué prefieren, verlo en vivo o comprar la transcripción de su acto?

Aunque nos sea difícil reírnos de los chistes de los romanos del siglo IV d.C., de alguna manera podemos reconocer muchas de sus formulaciones y temas en nuestros chistes actuales. ¿Por qué? Mary Beard, historiadora y clasicista británica, considera que nuestro sentido del humor ha sido formado por los romanos. El “Philogelos”, por muy lejano que nos resulte, es un paso en el camino hacia nuestros días. Aprendimos a reír, en gran medida, gracias a cómo los romanos fueron construyendo la idea de “chiste”.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana