México, tierra de aguas generosas, enfrenta hoy una paradoja: la sed en medio de la abundancia, pues atraviesa por una de las peores crisis hídricas de su historia. La sequía barre regiones enteras. Un ejemplo es el sistema Cutzamala, que provee una cuarta parte del líquido consumido en la Ciudad de México y áreas circundantes, y que se encuentra al borde del colapso, con un nivel de almacenamiento históricamente bajo.

La situación es tan grave que se habla de un posible Día Cero, es decir, cuando el suministro se agotaría por completo. ¿Cómo llegamos a este punto? Las causas son múltiples y complejas, pero se pueden resumir en tres factores principales: 1) el crecimiento poblacional y la urbanización descontrolada, 2) la falta de una gestión eficiente y sustentable, y 3) los efectos del cambio climático. Estos se retroalimentan entre sí, generando un círculo vicioso que agrava la crisis.

El crecimiento poblacional y la urbanización descontrolada incrementan la demanda de agua. Según datos del Inegi, la población de México pasó de 97.4 millones en 2000, a 126.1 millones en 2020, y se estima que llegará a 156.2 millones en 2050.

Asimismo, la falta de una gestión eficiente y sustentable del agua se ha reflejado en la baja cobertura y calidad de los servicios, el desperdicio, las fugas y la ausencia de una regulación adecuada. Por otro lado, el marco legal es obsoleto y contradictorio, y da pie a la sobreexplotación y contaminación de los recursos hídricos.

Igualmente, los efectos del cambio climático se manifiestan en la disminución del nivel de las presas y los acuíferos, pérdida de cosechas y ganado, desertificación, erosión del suelo y aumento de incendios forestales.

Ante este panorama, el Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador ha emprendido varios esfuerzos, como la inversión en 15 proyectos hídricos preponderantes, la perforación y rehabilitación de pozos en el Valle de México y la propuesta de 20 reformas constitucionales que buscan garantizar el derecho humano al agua, priorizar el consumo doméstico y personal, y prohibir las concesiones para actividades extractivas que dañen el medio ambiente (minería a cielo abierto y fracking).

La crisis hídrica es un llamado de atención que no podemos ignorar. Requiere una respuesta urgente y coordinada no solo por parte del Gobierno, sino también en nuestros hogares. La participación ciudadana es clave para evitar el Día Cero, desde el cuidado responsable de los recursos hasta la exigencia de políticas que protejan nuestro derecho fundamental al agua.

El reloj avanza inexorablemente hacia un futuro en que la sed se podría convertir en nuestra única compañera, pero aún tenemos tiempo para cambiar el rumbo. Es un desafío que podemos superar si actuamos en unidad y con determinación, porque el agua, más que un recurso, es la esencia misma de la vida.

 

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