Hector-Zagal
 

Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana)

“¿Dirán ustedes, al ver ese montón de víctimas: “¿Se ha vengado Dios; su muerte paga sus crímenes?”
¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños, sobre el seno materno aplastados y sangrientos?
¿Tuvo Lisboa, que ya no es, más vicios que Londres, que París, en los deleites hundidas?
Lisboa queda hecha trizas, y en París se baila”.

Lo que acaban de leer es un fragmento del “Poema sobre el desastre de Lisboa” escrito por Voltaire. La cita es una crítica al modo como Dios gobierna la historia humana. Pero ¿qué llevó a Voltaire y a muchos otros filósofos a cuestionar la providencia divina? Les cuento esto con ocasión de los aniversarios de los temblores en la Ciudad de México.

Lisboa, capital de Portugal, fue una de las ciudades más hermosas y opulentas de Europa en el siglo XVIII. Se decía en aquel entonces que el reino de Portugal era de los más ricos que había en el continente, pues el oro de Brasil y los recursos de sus colonias en África eran fuentes constantes de riquezas. Las magníficas construcciones de la ciudad pregonaban el poderío y prosperidad del imperio colonial.

Sin embargo, el 1 de noviembre de 1755, una ola de tempestades se desencadenó a partir de las 9:30 de la mañana. Ese día se celebraba el Día de Todos los Santos, fiesta grande del catolicismo, antesala del Día de los fieles difuntos. El devoto pueblo de Lisboa estaba casi en su totalidad dentro de las 40 iglesias y 130 oratorios que tenía la ciudad. De repente algunos escucharon crujidos en la tierra como si varios carruajes chocaran. Pronto se dieron cuenta de que aquellos sonidos se debían a un fuerte terremoto cuyo epicentro tuvo lugar a unos 250 kilómetros de la costa portuguesa.

La mayoría de los edificios se derrumbaron y, como dentro de ellos había decenas de velas encendidas por la celebración, rápidamente comenzaron a prenderse en llamas. En la escala Richter, se calcula que el sismo fue de 8.5 grados y tuvo una duración de seis minutos. Esos seis minutos bastaron para arrasar Lisboa.

Los pocos sobrevivientes caminaron con dificultad, porque las calles estaban repletas de escombros y gente muerta, hacia la Plaza del Rossio, un lugar abierto, ubicado frente al río Tajo, donde la Inquisición solía llevar a cabo sus actos de fe contra los herejes que condenaba.

Estando una multitud reunida en esa plaza, pronto vino otra desgracia: un tsunami con olas de varios metros de altura arrasó con las personas que ahí se encontraban y destrozó aún más la ciudad. Por si fuera poco, en la noche la ciudad se iluminó por los incendios, los cuales se acrecentaron con el aire y formaron una terrible tormenta de fuego.

Lisboa perdió al 15% de su población. Muchos murieron aplastados, otros fueron arrastrados hacia el mar y se ahogaron. Algunos fueron asesinados por criminales que aprovecharon la situación para escaparse de las cárceles y saquear. Días después, vino la peste: cadáveres y suciedad desataron todo tipo de enfermedades. Finalmente, gracias a descubrimientos recientes, también sabemos que varias personas murieron víctimas del canibalismo.

La noticia se difundió por toda Europa y conmocionó a los creyentes. Lisboa era una de las ciudades más devotas de aquel tiempo. ¿Por qué Dios la castigaría de esa forma? Muchos pensadores se hicieron esa pregunta.

En plena Ilustración, Kant publicó varios textos donde se alejó de explicaciones sobrenaturales para buscar causas naturales que justificaran el desastre. Voltaire, en cambio, cuestionó el actuar de Dios. ¿Cómo conciliar el terremoto con el amor de Dios?

Rousseau, por su parte, prefirió explicar las causas del desastre colocando la responsabilidad en los habitantes de Lisboa. Si bien el terremoto era un mal natural de carácter amoral, el hecho de que veinte mil casas de seis pisos se derrumbaran exhibía la falta de igualdad y modestia que imperaba en Lisboa. Si sus habitantes hubieran vivido en condiciones más naturales, supone Rousseau, las consecuencias hubieran sido menores.

El debate abrió las puertas a una nueva forma de pensar y es que, al tiempo que se volvía a cuestionar la Providencia de Dios, por primera vez la gente comenzó a enfocarse en las causas naturales de estos desastres.

Como ven, los terremotos han sido cosa de siempre. Es normal que el miedo persista. Aunque pueda haber una arquitectura cada vez más avanzada y segura con el paso de los años, cuando la tierra tiembla nos damos cuenta de lo insignificantes que somos.

Sapere aude!

@hzagal

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana