Foto: Cuartoscuro |  

Como es usual, a tempranas horas del día, el flujo de gente que se dirige a trabajar o estudiar inunda los estrechos pasillos y andenes del Sistema de Transporte Colectivo Metro. Ajenas a esa cotidianeidad, se destacan por su novedad las figuras de la Guardia Nacional.

Inmóviles en bancos elevados, donde anteriormente se hubiese podido ver a un policía de la Secretaría de Seguridad Ciudadana; dando rondines de extremo a extremo de los andenes; o simplemente charlando entre compañeros, los elementos supervisan expectantes el movimiento matutino.

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Enfundados en sus uniformes verde militar, que contrastan con el fondo naranja, los efectivos ven desfilar ante sus ojos la gran variedad de usuarios del metro: madres y padres apurados que escoltan a sus hijos a la escuela, para después ellos ir a trabajar; señoras con las bolsas de mandado listas para ser llenadas; estudiantes soñolientos que bostezan un momento sí y otro también.

Algunas personas de la tercera edad se acercan a los militares, educados. “¿A dónde queda tal estación?, ¿cómo puedo transbordar a esta línea?”, les preguntan o simplemente los abordan para pedirles una foto. Quizá, como aseguró el presidente López Obrador durante la ‘mañanera’, se sienten menos solos, más seguros.

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Por otro lado, en su trajinar, la mayoría de la multitud bulliciosa ni se inmuta, ni los voltea a ver, si no es acaso algún infante curioso o la mirada fugaz y recelosa de los más grandes. Con esta indiferencia, pareciera que la gente evade un pensamiento que, no obstante, flota silencioso en el aire denso de los túneles subterráneos: ¿qué podrán hacer los dos o tres elementos de la Guardia Nacional asignados en cada andén en caso de algún accidente?

Tal vez es por esta idea que del tumulto de gente se escapan estas pocas miradas cargadas de animosidad hacia los uniformados, cuya presencia es sólo un recuerdo latente de que en cada unidad de tren desgastada y sin mantenimiento está la posibilidad de otra tragedia.

LDAV