Héctor Zagal

Héctor Zagal

(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Un mimo, como un payaso, puede hacernos reír, llorar, sorprendernos, pero se distingue del payaso por la ausencia de palabras y de utilería. El mimo es, esencialmente, un fabricante de mundos, un quijote moderno que nos señala el horizonte y nos hace ver molinos (o gigantes) que no están ahí. La clave es justamente esa: el mimo interactúa con objetos que no están presentes.

La palabra mimo está relacionada con el antiguo griego mîmos, derivado del verbo griego miméomai, que significa imitar algo o a alguien, remedar o representar. El mimo, pues, hace como que hace.  Un mimo hace como que está atrapado entre cuatro paredes, que viaja en tren, que carga un paquete pesado, que hay un interminable jardín de flores dentro de su chaqueta. ¿Cómo? Con la infalible ausencia de palabras. Si alguien nos dice “Está lloviendo”, lo primero que haríamos sería extender la mano para comprobar si, en efecto, cae agua del cielo. Si, en cambio, vemos que una persona se enfunda en una gabardina y abre su paraguas, con el cuidado y prisa propios de quien busca no empaparse, no nos cabrá duda alguna: “Está lloviendo”. Un mimo no señala acontecimientos del mundo, sino que crea un mundo. En este caso, el mimo nos transmite la cautela de los charcos, la premura de la ropa dejada a secar en la azotea, el frío de la ropa mojada, el petricor activado por el agua. Desdeñoso de la palabra, materia de poesía, confesiones, juicios y mentiras, el mimo nos comparte una realidad más inmediata y pura: la posible.

¿Han visto a alguno de los actos de Marcel Marceau (1923-2007)? Era verdaderamente impresionante, un genio del cuerpo y la imaginación. En medio de un escenario vacío, Marceau sacaba cientos de objetos ocultos tras el velo de la nada. El payaso, en cambio, suele hablar hasta por los codos, las rodillas, las axilas y, digamos, las tripas.

El 22 de septiembre de cada año, desde el 2011, se celebra el día del mimo en memoria de la muerte de Marcel Marceau en 2007, en Cahors, Francia. Marcel Marceau es probablemente uno de los mejores exponentes de la pantomima. Si bien Buster Keaton y Charles Chaplin hacían reír y llorar a cientos de espectadores con sus películas, Marcel Marceau tenía la ventaja, y el reto, de no requerir más que un escenario vacío y la curiosidad del público.

En 1947, Marcel creó a Bip, el personaje que lo caracterizaría de por vida: un vagabundo de suéter a rayas, un sombrero viejo y maltratado con una flor creciendo de él y la cara pintada de blanco con la boca roja. Pero antes de convertirse en un exponente de la pantomima, Marcel se enfrentó al terror. En mayo de 1940, el ejército nazi entró a Francia. Su padre murió en Auschwitz. He escuchado que Marcel perteneció a un grupo de resistencia judía, y a través de éste pudo salvar la vida de cerca de 400 niños judíos de un orfanato en Francia ocupada por los nazis. Parece que Marcel les daba la instrucción de no decir ni una palabra, sino sólo hacer movimientos corporales y gestos. De este modo, cruzar juntos la frontera de Francia hacia Suiza sería para los niños un juego, un día de campo. El silencio fue la fuerza inquebrantable de Marcel Marceau.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana