chatarras
Foto: Ángel Ortiz / Vida... ¿útil?. Las unidades en malas condiciones son susceptibles de participar en el programa de chatarrización, que permite adquirir autobuses nuevos a los concesionados  

La fila para abordar el microbús es larga en la ruta 31, que va de la calle Sor Juana, en el Oriente, hacia Metro Xola, algunos pasajeros, que esperan de pie, mueven las piernas y cruzan los brazos, como diciendo al chofer “a ver a qué hora nos vas a subir”.

El conductor, quien debería portar uniforme, de acuerdo a los acuerdos firmados entre el Gobierno capitalino y el gremio transportista para aumentar la tarifa, brilla por su ausencia.

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15 minutos después, el chófer por fin autoriza a los usuarios a subir a una unidad en pésimas condiciones, una chatarra de esas que están a la espera del bono que ofrece el Gobierno por triturar la unidad para financiar una nueva.

«Son $6.50, chavo», grita el chófer a un joven que quizá no se ha enterado de la nueva tarifa (que aumentó un peso) y que, apenado, regresa a dar la moneda que falta.

Al momento de arrancar se pone a prueba la tolerancia del pasaje ante el sonido de la “CUMBIIAAAA”. Solo el chofer sabe cómo entiende a su acompañante, ese que tampoco debería existir de acuerdo a las reglas para el transporte concesionado, porque no se puede escuchar nada ante el volumen de la música.

De pronto el microbús, que va lo más lento que puede para ver si agarra algo más de pasaje, acelera intempestivamente y frena de la misma forma. Una niña se cae y un valiente (eso sí, escudado en el anonimato de ir hasta atrás) se atreve a gritar: «Fíjate, wey, ya tiraste a una niña».

Casi llegando al Metro Iztacalco, se suben otros cuates del chófer que discretamente le pasan unos sobres… Quién sabe de qué. Es en ese momento cuando otro micro de la ruta, con la unidad igual de destrozada, logra rebasar y la cosa se convierte en una carrera callejera, clásica de los microbuseros.

Mientras tanto, en Indios Verdes, es casi el mismo calvario, la fila de gente esperando subir a un microbús con falta de cuidados y menor mantenimiento.

Subirse a las unidades es incómodo, ya que una vez que se ocupan todos los asientos los choferes y sus checadores indican e invitan a los usuarios a continuar abordando y ocupar, hasta en doble fila, el pasillo central de la unidad, el cual comúnmente es muy angosto.

“No tengo problema con irme parado, pero luego hay quienes no bajan su mochila y nada más estorban, no dejan pasar”, mencionó el señor Vicente Cruz, quién señaló que en domingo es tranquilo, ya que hay mucha menos gente que entre semana.

En este caso es la Ruta 18, con destino al Metro La Raza y Tlatelolco, donde los usuarios abordan una unidad que brilla pero por el aluminio de las envolturas de dulces, chocolates y papas fritas, que hay en el piso.

Y es que el acompañante del chofer no es para darle una limpiada entre base y base antes de que suban el resto de los pasajeros.

Otro día más en el transporte concesionado de la Ciudad de México.

 

LEG