Sigue la brújula de la alegría

Bárbara Marx Hubbard

Las metas prioritarias para todos los seres humanos son las que producen transformaciones interiores, que nos llevan a ampliar, flexibilizar y profundizar nuestra visión del mundo, de nosotros mismos y de los demás.

Le sorprenderá darse cuenta de que, mientras más se conoce a sí mismo, más puede ver en los demás. Dejarán de ser un misterio, una amenaza o simplemente una fuente de desconfianza, cuando mire hondo dentro de usted mismo. Ahí descubrirá por qué son, realmente, nuestros semejantes.

Pero independientemente de este resultado, al que nos lleva invariablemente la transformación interior, la resistencia que todos tenemos a cambiar, el miedo que subyace a ésta, proviene de la incertidumbre: no es que no queramos dirigirnos hacia dónde las cosas son mejor para nosotros, por dentro y por fuera, es que no sabemos cómo ni a dónde ir.

Vamos por la vida con una brújula sin norte, porque la búsqueda de certeza, seguridad, felicidad y, en general, bienestar, propia de la naturaleza humana, no tiene punto cardinal prefijado, nosotros tenemos que irlo esbozando, trazando y, finalmente, determinando.

No podemos ir hacia un sitio inexistente, no podemos aspirar a una novedad desdibujada ni a un cambio azaroso. Ciertamente tenemos que ir conociendo al menos el siguiente paso de la ruta, es decir, un objetivo, cercano, factible, cognoscible.

Esto parecería muy intrincado, ambiguo ciertamente, si no lo aterrizamos a los ejemplos: le gustaría transcurrir sus días contento, en lugar de irritado; optimista, en lugar de pesimista; tranquilo, en lugar de ansioso y estresado, así que sale todos los días esperando que no pase nada a su alrededor que lo irrite, lo derrumbe y lo estrese. Claro, el resultado es que necesariamente ocurre lo contrario, no solo por ley de atracción –aquello a lo que nos resistimos aparece y crece–, sino por la sencilla razón de que está depositando su bienestar interior en personas, circunstancias y situaciones que no están bajo su control.

Así pues, la meta es el autodominio. Ya tenemos un norte. Si su bienestar no depende de factores externos, ya no hay a quién culpar. Debe entonces hacerse responsable de lo que está sucediendo en su interior, de la calidad de sus pensamientos, emociones, decisiones, actitudes y conductas. Trace el primer objetivo: conózcalas, obsérvelas, acéptelas, para poder cambiarlas.

Trace el segundo: desarrollar hábitos mentales, emocionales, actitudinales y conductuales sanos para tender el siguiente escalón. Uno por uno, poco a poco, esto no es una carrera, es un maratón. Es cuestión de dosificar la energía, la convicción, la perseverancia, para recorrer todo el trayecto y no quedarse en el camino.

Vamos a crear en nuestro interior las condiciones que contrarresten la queja, el reclamo y la crítica. La importancia de aprender a funcionar en positivo no es solo una cuestión de moda, de éxito ni de espiritualidad new age: se trata de la solución más práctica y directa, es más, la única, para salir del hoyo.

Las víctimas lo son, principalmente porque no saben cómo dejar de serlo. Si están en el infierno y no encuentran la salida, pues se apoltronan en tortura y reposan la cabeza en su sufrimiento. Finalmente se acostumbran.

Normalizando las situaciones más terribles que puedan imaginarse, lo cual no es otra cosa que insensibilizarse, los seres humanos hemos demostrado que el sufrimiento eterno no existe. Desmantelamos así el mito del infierno.

Sin embargo, no lo queremos, preferiríamos ciertamente el paraíso, pero como la idea es que del infierno ya no se sale, la condena es eterna, pues nadie sabe dónde está la salida ni como se llega a ella.

Bien, pues un tercer objetivo práctico, obligado además para la transformación interior, requisito del autodominio, es la gratitud. Y ésta sí tiene su misterio. Es, por sí misma, una meta. Se han escrito libros sobre la gratitud. Comprenderla y desarrollarla nos lleva a dar un salto cuántico de conciencia.

    @F_DeLasFuentes

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