Cuando en 2015 Jürgen Klopp se desvinculó del Borussia Dortmund podía ver hacia atrás el tipo de logros soñados por un director técnico humilde: haber ascendido a la Bundesliga al modesto Mainz, haber conseguido arrebatar al Bayern Múnich dos títulos ligueros con el Dortmund, incluso llegando a disputar una final de Champions.

         Digo humilde, sí, asumiendo que muchos saltarán a gritar que estoy desdeñando lo hecho bajo su tutela por el Dortmund, ya no decir lo del Mainz (algo que, a la fecha, Klopp sigue calificando como su hazaña máxima).

         Utilizo la palabra humilde porque en el Borussia fue capaz de conjuntar desde la austeridad un equipo que arrebató al Bayern las últimas ligas que se le escaparon. Aquel entrenador era experto en gestionar desde las limitaciones, en convertir las carencias en oportunidades, en quitar complejos a un plantel inferior que sus rivales.

         Meses después, cuando sustituyó a Brendan Rodgers como DT del Liverpool, empezó con un desafío muy distinto al que hoy tiene. Llegaba a un club que desde 1990 no era campeón de Inglaterra (tres años antes de que naciera la Liga Premier) y que volvía a acostumbrarse a ni siquiera jugar Champions League (ya no decir ofrecer una buena actuación, en 2008 había sido su última semifinal).

         Paso a paso, sonrisa a sonrisa, ladrillo a ladrillo, abrazo a abrazo, Klopp construiría su proyecto red. Una institución acorde a su personalidad. Aguerrida, pasional, emotiva, heredera de un futbol cautivante que llegó a poner al continente a sus pies. Al mismo tiempo, lejana en ese momento en presupuesto respecto a los más ricos del torneo y resignada a que su batalla por trofeos sería poniendo corazón donde otros le superaban en talento.

         Cada equipo brinca a la cancha cargando con cierto inconsciente colectivo. El once del Liverpool lo hace eternamente impregnado de la ideología del patriarca Bill Shankly. Ese hombre que trazaba siempre una analogía entre sus pupilos y la situación económica de un puerto que fue elemental para convertir a la Gran Bretaña en el mayor imperio de la historia, aunque de pronto caducó en utilidad y se convirtió en foco de desempleo, pobreza, marginación.

No cuesta imaginar a Klopp en las anécdotas de Shankly: aquella vez en que frenó el autobús a media carretera para que los jugadores comieran fish and chips sentados en la banqueta y entendieran cómo se alimentan quienes van al estadio; la tradición de que cada crack ha de quitar el lodo a sus zapatos; la asimilación permanente de que escuchar el himno You Never Walk Alone tiene grandes privilegios (por principio de cuentas, la incondicionalidad), pero más responsabilidades (estar a la altura de ella).

Siete años después del comienzo, esta etapa no podría ser más dulce. El Liverpool ha vuelto a ganar liga y Champions, aunque, más relevante, vuelve a ser el once más temido del planeta.

Esta temporada podría saldarse con todos los títulos. Ya ha ganado la Copa de la Liga, está en la final de FA Cup y Champions, mantiene un pulso brutal con Manchester City por la Premier.

Muy distinto a lo que Klopp vivió antes. El hombre que aún destaca en su currículum un ascenso, ese Robin Hood que robó desde Dortmund trofeos que el omnipotente Bayern ya sentía propios, el visionario que refundó al Liverpool… hoy trabaja para mantener en la mayor élite del balón a la más lograda de sus criaturas.

Lo hace a la suya: desde el más excéntrico y carismático liderazgo.

 

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Alberto Lati

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