Hace un buen tiempo que calificar al Mundial dejó de ser un objetivo ambicioso para quien dirija a la selección mexicana.

No lo es porque, por mal que juguemos en la fase eliminatoria (y vaya que cada cuatro años el Tri se ha sublimado en disputar de forma horrorosa sus procesos clasificatorios), desde 1994 siempre terminamos acudiendo a la Copa del Mundo. Es decir, que para lograr lo que siempre se logra no se buscó a un exdirector técnico del Barcelona y exseleccionador argentino.

El importante currículum de Gerardo Martino justificó en 2015 concederle tan altas pretensiones económicas y ahora justifica una mayor exigencia. Para hacer lo de siempre no se entiende contar con alguien de su historial y experiencia.

Eso, por supuesto, no anula tres puntos medulares. El primero, que todavía no estamos en el Mundial y nunca ha existido relación entre el desempeño en ese torneo con lo que se hizo en los años previos; es decir, nada indica que en Qatar jugaremos tan mal y con semejante inoperatividad como hemos jugado la eliminatoria. El segundo, que los jugadores son totalmente corresponsables de esta situación; muchos de ellos con un nivel vistiendo el uniforme de México que no llega ni al zapato a lo que efectúan con sus clubes, otros ya evidenciando cierta merma en su respectivo equipo en Europa; lo mínimo aceptable de su parte es una personalidad que se ve en pocos. Y el tercero que, por mucho que desdeñamos a la Concacaf, los antecedentes marcan con claridad que sumar puntos en el otrora hexagonal y actual octagonal no es tan fácil.

Enfatizados esos tres incisos (que de ninguna forma son excusas) podemos desmenuzar la razón de las ácidas críticas al apodado Tata. Falta de variantes, futbol predecible, nula pegada, inútil tránsito de balón sin ir a más, vulnerabilidad defensiva que termina orillándonos a depender de los milagrosos reflejos de Guillermo Ochoa. Sin estilo detectable, más recargados en algún impulso o circunstancia que en un esquema. Para colmo sin meritocracia, juegan los mismos sin importar cómo lo hayan hecho antes (o quizá el seleccionador considera que esos mismos en horas bajas son preferibles que aventurarse a probar con alguna promesa).

No me gustaría que fuera destituido Gerardo Martino. Ese cambio de timón a meses del Mundial sirve como remedio temporal y no resuelve el largo plazo, apenas pospone al infinito la solución. Lo que sí me gustaría sería que, al fin, se sienta la mano de alguien con su pasado y hoja de servicios.

Eso, imposible rebatirlo, aún no sucede. A nueve meses del Mundial la esperanza es que llegue a suceder… esperanza hoy no sustentada por lo que sucede en la cancha.

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Alberto Lati

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