Héctor Zagal

Héctor Zagal

(Profesor de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Es una noche de luna llena. El camino está cubierto de una densa neblina. El silencio de la obscuridad es interrumpido por el aleteo de un algún ave nocturna, el ronroneo de un gato, quizás el aullido de un lobo. Llegamos a un páramo donde la luz de la luna brilla con esplendor de plata. Frente a nosotros, una mujer se acomoda sobre lo que parece ser un largo palo de escoba. Sin podernos explicar cómo lo logra, mujer y escoba se elevan y desaparecen en la inmensidad del cielo. Hemos presenciado el despegue de una bruja hacia una reunión importante: el aquelarre.

Una de las características más populares de las brujas son sus vuelos nocturnos, ya sea que se eleven por sí solas, que se desplacen por medio del palo de una escoba o que viajen sobre el lomo de un animal tan veloz que apenas parece rozar el suelo. La idea de que las brujas puedan volar ha existido, al menos, desde el siglo X. El abad benedictino y cronista medieval Reginon de Prüm escribió en el año 906 sobre la creencia popular respecto a los viajes nocturnos de mujeres “perversas, pervertidas y seducidas por las ilusiones y espejismos de Satán” (sic) para reunirse con diosas paganas, como la diosa Diana. Al respecto, De Prüm hace un llamado a los sacerdotes para erradicar del pueblo esta creencia, pues no es sino un error pagano inducido por acción de Satán. Tenemos, pues, a un hombre de letras condenando la creencia popular sobre mujeres que viajan en la noche gracias a alguna intercesión paranormal. Creer en cosa semejante sería caer en las trampas “del Maligno” (sic).

La condena de Reginon de Prüm sobre la creencia en este tipo de fenómenos diabólicos fue la regla hasta el siglo XV. Durante aproximadamente cinco siglos, la ley canónica consideró como herejía creer en la existencia de brujas. En 1484, una bula promulgada por el papa Inocencia VIII cambió por completo la postura de la Iglesia respecto a las brujas al reconocer su existencia y justificar su persecución. Apenas tres años después, en 1487, se publicó en Alemania el Malleus maleficarum, mejor conocido como “El martillo de las brujas”. Los autores de este tratado sobre demonología y brujería fueron los dominicos Heinrich Krame y Jakob Sprenger. Aunque es uno de los textos más populares sobre brujería, la verdad es que nunca fue aceptado por la jerarquía eclesiática. Sin embargo, llegó a ser utilizado en tribunales seculares.
El reconocimiento eclesiástico de mujeres voladoras, al menos como un posible indicio de que una mujer podía tener tratos diabólicos, es posterior a la publicación del Malleus maleficarum. Pero ello no significa que no hubiera sospecha o acusaciones de hechicería y brujería previas. En 1324, la irlandesa Lady Alice Kyteler fue acusada de brujería. Durante las investigaciones para probar su culpabilidad se encontraron ungüentos con los que engrasaba un palo sobre el que se montaba para realizar viajes nocturnos. ¿En qué consistían estos ungüentos? Algunos farmacólogos han especulado que las supuestas brujas utilizaban ungüentos de plantas como la mandrágora o el beleño negro, las cuales contienen alcaloides que producirían potentes alucinaciones. Así, cuando una mujer acusada de brujería confesaba haber surcado los cielos, quizás estaba narrando un pasón que se dio la noche anterior.

Pero, ¿por qué las escobas? Se cree que la relación entre brujas y escobas se deba a una perversión de la labor doméstica. Así la escoba, tan relacionada a las cuestiones del hogar, se transformaba en un medio de escape.

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