Compensación tóxica

Fernando De las Fuentes

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Todo querer, es querer compensar algo

Alfred Aldred

Todos los seres humanos tenemos un sentimiento de inferioridad en cuando menos algún aspecto de nuestra persona. La vida en familia y en sociedad acarrea necesariamente una descompensación cuando nos comparamos o simplemente interactuamos con otros, puesto que el sistema de jerarquías plantea, por sí mismo una, superioridad de alguien más.

No se diga en casa, en la infancia, cuando estamos completamente vulnerables ante la superioridad de nuestros padres, que en la mayoría de las ocasiones manejan su ventaja con gran irresponsabilidad, o cuando menos mucho desconocimiento de los efectos que tienen sus palabras, emociones, acciones y decisiones.

Así pues, todos tenemos por ahí una profunda y persistente sensación de desventaja frente a otros, en cuanto al talento, la inteligencia, destreza, belleza, posición económica o cualquier otro aspecto. E incluso varios o todos juntos.

Es muy probable que quizá solo nosotros conozcamos esa “marca”, y no la hayamos dejado manifestarse ante los demás, pues al fin y al cabo no es real. Es una percepción distorsionada, seguida por una mala interpretación, reforzada por una emoción negativa y, finalmente, convertida en una creencia errónea.

Efectivamente, no somos inferiores ni superiores a nadie. Somos diferentes, con distintas condiciones de vida, otra historia, características muy particulares, circunstancias muy personales, pero esencialmente iguales a los demás.

Sin embargo, en la creencia de que estamos en desventaja, la psique busca compensar esa condición, lo cual es sano. El problema viene cuando en lugar de subsanar, o simplemente aceptar sin más, ese aspecto en que nos sentimos inferiores, tratamos de encubrirlo, destacando en otra área, porque el sentimiento de inferioridad nos miente, nos oculta que, por lo pronto, estamos en la vida en un lugar, interior o exterior, en el que no queremos estar, pero tendríamos opción de movernos, y nos hace creer que somos menos, que esa es nuestra naturaleza, nuestro destino, y por tanto una condición insalvable.

Una trampa de la mente para autoboicotearnos, porque creer que somos menos siempre nos conecta con el pensamiento que solo ve obstáculos y problemas, no oportunidades y soluciones. Vivimos, así, en el fracaso y la frustración antes siquiera de comenzar cualquier cosa que quisiéramos hacer, y así corroboramos la inferioridad.

En cambio, darnos cuenta de que estamos, pero no somos, nos permite movernos, ir en pos de lo que deseamos, remontar nuestras limitaciones o convertirlas incluso en una ventaja, dejar nuestro sello personal en lo que hagamos, crear nuestras propias oportunidades.

No obstante, elegido, como en la mayoría de las ocasiones hacemos, el camino de la compensación mediante el ocultamiento de lo que a la larga haremos más notorio: que nos sentimos inferiores, ahondará nuestro sentimiento de que algo esencial nos falta, algo en que debiéramos dar el ancho nos falla.

Ya sea por la persistencia en el ocultamiento, inclusive para nosotros mismos, es decir, la fabricación del autoengaño, o porque nuestra carencia y nuestra herida de la infancia son muy dolorosas, vamos de la compensación incorrecta a la sobrecompensación, allí donde nos volvemos déspotas, fanfarrones, presumidos, egocentristas, maltratadores, agresivos y, claro, envidiosísimos.

La sobrecompensación, que desafortunadamente es más frecuentes de lo que pensamos, se caracteriza por buscar la superioridad, el poder y el dominio, pero en el fondo es un grito pidiendo ayuda y miedo a la vida, encubiertos en la soberbia y la arrogancia.

La sobrecompensación es una gran productora de adicciones. Ahí tiene usted una muy clara manera de detectarla.

La sobrecompensación también nos lleva a hacer todo lo contrario a lo que de niños nos hizo daño, o a ser contestatarios, rebeldes, y adoptar un estilo de vida que nos vuelva todo aquello que rechazaron quienes nos hicieron sentir inferiores en nuestra infancia. Y vamos por la vida muy enojados, arrastrando esa inferioridad, falsa por cuanto en nuestra adultez, y como decía Eleanor Roosevelt, “nadie puede hacernos sentir inferiores sin nuestro consentimiento”.

 

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