Quizá represente una de las mejores formas de dimensionar el oscuro final de la administración Trump y, sobre todo, el grado de repudio que ha marcado su último mes en la presidencia: cuando incluso el mayor de sus aliados en el deporte, Bill Belichick, le ha dado la espalda.

A horas de la elección que llevaría al magnate a la Casa Blanca en 2016, el entrenador en jefe de los Patriotas de Nueva Inglaterra envió un mensaje al candidato republicano. Lo transcribo completo por no tener desperdicio, por mostrar a profundidad la manera en que Belichick compró el ideario paranoide, por evidenciar su visión de lo que sería esa gestión:

Felicidades por una tremenda campaña. Has lidiado con medios de comunicación increíblemente sesgados y negativos, y has salido adelante hermosamente. Has probado ser el mejor competidor y guerrero. Tu liderazgo es sensacional. Siempre he tenido un tremendo respeto por ti, pero la dureza y perseverancia exhibidas en el último año es notable. Espero que los resultados de la elección de mañana te den la oportunidad de hacer a Estados Unidos grande otra vez. Mis mejores deseos para grandes resultados mañana”.

En esos renglones se descube a un devoto y no sólo a un seguidor o amigo. En su discurso inaugural, Trump aludió de nuevo a sus amigos en los Pats de la NFL, tan contrastante con su violencia hacia quienes en la misma liga se manifestaban contra la brutalidad policial focalizada en minorías como la afroamericana (a ellos, literal, les diría: “saquen a esos hijos de perra de la cancha”).

Ahí detalló que Brady le había llamado para felicitarlo, a lo que el quarterback respondió: “Tengo un enorme afecto por Trump. Solíamos hacer programas de radio juntos, divertirnos, vino a mi boda”. Ahí confirmó que el propietario del equipo, Robert Kraft, era uno de sus grandes apoyos, millonario que luego le obsequiaría un anillo de campeón de Super Bowl, casi como si Donald hubiese jugado. Ahí tomó a Belichick como ejemplo e inspiración: “Trabajé más que todos, creo que he trabajado más que nadie que haya aspirado a ganar la presidencia. Eso lo aprendí de Belichick”.

Cualquiera de esos antecedentes sirve para comprender la magnitud de esta negativa. Hasta ahora nadie se había atrevido a rechazar la medalla presidencial de la libertad. Ha sido entregada a figurones del deporte como Jesse Owens, Michael Jordan, Joe DiMaggio, Jackie Robinson, Ted Williams, Hank Aaron, Muhammad Ali, Billie Jean King –por no enlistar a algunas de las mayores personalidades mundiales del último medio siglo: Nelson Mandela, Lech Walesa, Shimon Peres, Vaclav Havel, la madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King Jr, John F. Kennedy, Desmond Tutu, Bill Gates, Steven Spielberg, Frank Sinatra.

Bill Belichick, quien confiaba en el slogan MAGA (Make America Great Again) y calificaba el liderazgo de Trump como sensacional, ha resumido así su cambio de postura: “Después de los trágicos eventos de la semana pasada, decidí no ir adelante en la recepción del premio. Sobre todo, soy ciudadano estadounidense con gran reverencia por los valores de nuestra nación, por la libertad y la democracia”.

Vistas las palabras de Bill Belichick de cuatro años atrás, un revés quizá tan fuerte, aunque menos mediático, que el de las redes sociales que últimamente han vetado al todavía Presidente.

 

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Alberto Lati

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