Las mujeres que rompieron el techo de cristal en la Corte Suprema de Estados Unidos

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Compartir
Compartir en whatsapp
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en print
Compartir en email

Martha Hilda González Calderón

A la brillante abogada que había sido nominada a la Corte Suprema, alguien le reveló que, cuando estudiaba en la Escuela de Leyes de Harvard, su apodo era “perra”. Pacientemente arregló los pliegues de sus guantes de encaje, volteó y sus vivaces ojos verdes chispearon tras las enormes gafas que los enmarcaban, Ruth Bader Ginsburg sonrió burlona: “mejor perra que ratón”. Su muerte, el pasado 18 de septiembre, ya ha levantado tempestades en la carrera a la Presidencia de los Estados Unidos.

Ella era la segunda mujer que ocupaba un puesto en el máximo tribunal de Estados Unidos. La primera había sido Sandra Day O’Connor quien en 1986 había sido nominada por el presidente Reagan hasta su retiro en el año 2006.

Dos mujeres de orígenes distintos que combinaron sus talentos para construir un entramado jurídico que permitiría que las mujeres fueran iguales a los hombres frente a la ley.

Sandra Day O’Connor es una rubia que creció en un rancho en Arizona, en el seno de una familia conservadora. Se había graduado con honores en la escuela de Leyes de Stanford. Su nombramiento como Jueza en la Corte Suprema fue aprobado por unanimidad.

Ruth Bader Ginsburg era una mujer que provenía de una modesta familia judía, residente en uno de los barrios populares de Brooklyn. Ingresó a la Escuela de Leyes de Harvard, en donde no había más de ocho alumnas, frente a más de quinientos estudiantes varones. A pesar de sus brillantes calificaciones, al finalizar sus estudios, no pudo conseguir un trabajo en alguna firma jurídica, pues en los años 50’s del siglo pasado, que algún despacho contratara a una mujer como socia abogada, era impensable.

Precisamente, ella usó todo eso que aparentemente la limitaba para romper de manera frontal “y a mazazos” su techo de cristal. Al inicio de sus estudios, el decano preguntó a las estudiantes mujeres lo que sentían al ocupar un lugar que le correspondía a un varón. A lo largo de su carrera, siempre que podía, evocaba ese discurso discriminatorio. Hasta que un día el decano le envió una carta en donde “le aclaraba” que se había tratado de una broma.

Muchos años después, fue nominada por el presidente Clinton y aunque no fue elegida por unanimidad, su actuar en la Corte Suprema siempre fue de equilibrio ante el creciente conservadurismo. Ella se volvió la voz principal del ala liberal y sus causas siempre fueron decisivas: votó a favor de la legalización del aborto, de los derechos de los homosexuales, de las personas con discapacidad y en contra de la pena de muerte.

Ambas juristas mostraron en el sentido de sus razonamientos jurídicos la convicción de la sociedad igualitaria a la que aspiraban y por la que ambas, luchaban.

En 1952, apenas graduada de la escuela de leyes de Stanford, Sandra Day O’Connor buscó trabajo en el despacho jurídico Gibson, Dunn & Crutcher. Ella esperaba que por las esplendidas calificaciones que había obtenido, le ofertaran un trabajo como abogada de la firma. Lo único que logró fue que le ofrecieran un puesto de secretaria jurídica. Rechazó la propuesta y ofreció sus servicios como litigante, de manera gratuita, al Abogado de Distrito hasta que éste pudiera ofrecerle un empleo remunerado.

En 1984, a pesar de lo que señalaba el Acta de los Derechos Civiles, otra firma legal, King and Spalding, rechazó a otra mujer para un puesto de abogada. La jueza Day O’Connor tomó el caso y la Corte Suprema votó abrumadoramente a favor de que ningún despacho jurídico discriminara a las mujeres en las mismas condiciones profesionales que los hombres.

De los casos más importantes que Ruth Bader Ginsburg encabezó hay casos icónicos como el llamado: E.U. vs Virginia que anuló la política de admisión exclusiva a varones en el Instituto Militar de Virginia. La brillante abogada razonó que ninguna ley o política pública debería negar a las mujeres la plena ciudadanía.

También ganó la demanda de la teniente Sharon Frontiero que demandó que los subsidios a la vivienda fueran asignados de manera automática solo a sus compañeros y sus respectivas familias, mientras que le eran negados a ella y a su marido, por no estar contemplado que las mujeres pudieran recibirlos.

No solo defendía las causas de las mujeres, también se hizo famosa al haber ganado el caso de un joven viudo, Stephen Wiesenfield, que quedó a cargo de su pequeño hijo. Cuando éste pidió ayuda a la seguridad social para criar a su bebé, se le negó porque los apoyos solo estaban destinados a mujeres viudas.

El conservadurismo moderado de la jueza Sandra Day O’Connor no la limitó para que votará a favor del aborto y de los derechos de los homosexuales. Tenía fama de ser una jurista firme y justa, a prueba de presiones políticas. Su cautela era tal, que usualmente era el voto que definía el sentido de un asunto. Quienes la conocían decían que su techo de cristal había sido roto de tal manera que los hombres apenas se dieron cuenta.

La jueza Ruth Baden Ginsburg se maravillaba de la notoriedad que había alcanzado en los últimos tiempos. Ante un feminismo disruptivo, se hicieron famosos los asuntos que había ganado y que habían marcado avances en la lucha contra la discriminación. Su imagen en las redes era famosa y la llamaron: “Notorious RBG” en alusión a un rapero que se llamaba “Notorious B.I.G.” Cuando le explicaron la razón de que la llamaran así, rio divertida y lo adoptó como propio, justificando con modestia que “ambos eran de Brooklyn”.

Las personas le pedían fotografías o se tatuaban su imagen. Las niñas se vestían como ella para Halloween y una importante línea de ropa había sacado una réplica de sus “collares de la disidencia”, una especie de falso cuello medieval, que acostumbraba portar sobre la toga, para advertir que iría en contra de algún criterio que apoyaba la mayoría en la Corte Suprema.

Afortunadamente en el máximo tribunal americano, ya no era la única mujer, la acompañaban dos juezas más: Elena Kagan y Sonia Sotomayor. El cáncer la venció, después de varios embates.

La muerte de una jueza tan poderosa abre un nuevo capítulo en la carrera presidencial en los Estados Unidos. No es de extrañar los abucheos que el Presidente Trump y su esposa Melania recibieran cuando fueron a presentar sus condolencias ante el féretro de la Jueza Ginsburg.

Tampoco sorprende que el presidente Trump se haya apresurado a nominar a la jueza Amy Coney Barrett, la candidata favorita de los conservadores religiosos y una férrea opositora a las reformas liberales que la jueza fallecida, impulsara. A pesar de que, en el año 2016, los republicanos en el Senado hubiesen presionado a Obama de que se abstuviera de nominar al juez Merrick Garland, por tratarse de un año electoral.

Ambos partidos se preparan para demostrar las ventajas y desventajas para forzar una votación y nombrar a una nueva jueza, a unas semanas de la elección presidencial en el vecino país, cuidándose de disgustar al electorado.

El legado de dos poderosas mujeres sigue vigente. Su enseñanza cotidiana al romper sus propios techos de cristal, de distintas maneras, pero siempre derrumbados. Esta es una lección que llega hasta nuestros días. Ya lo decía la reverenciada Notorious RBG, al hacer el balance de su personal travesía: “muy a menudo en la vida, las cosas que consideras un impedimento, resultan ser una gran suerte”.

                                                                                                                                             @Martha_Hilda

Compartir
Compartir en whatsapp
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en print
Compartir en email