Los colombianos vivieron ayer su fiesta nacional de independencia entre reclamos por la violencia que azota al país, y el hashtag #NadaQueCelebrar se hizo tendencia en Twitter… porque hay otra realidad que la ciudadanía reclamó al presidente Iván Duque, quien no la ve, señalaron.

“Mientras sigan asesinando líderes sociales, mujeres y niños sigan siendo víctimas de esta guerra nefasta de poder y corrupción (no hay nada que festejar”, es un ejemplo de @jhoA92.

Una vez más, Yerlis Ballesteros está huyendo para no morir. De pequeña lo hizo de la mano de su madre. Ahora se vio forzada a salir con sus dos hijos de las montañas de Colombia, donde combatió antes de tratar de vivir en paz.

Sin embargo, la violencia que financia el narcotráfico arruinó sus planes y los de sus excompañeros en la disuelta guerrilla FARC.

La semana pasada, 93 antiguos rebeldes y familiares emprendieron un viaje sin regreso en plena pandemia, tras llorar a 12 de los suyos asesinados en los últimos cuatro años.

“Se rebosó la copa. Ya no resistimos más que nos sigan matando compañeros”, dice esta mujer de 32 años y lentes.

Atrás dejaron la aldea enclavada en lo alto de Ituango, en el departamento de Antioquia (noroeste), donde primero pelearon a sangre y fuego y luego se convirtieron en gente de paz.

En una caravana de vehículos escoltada por la fuerza pública partieron hacia Mutatá, también en Antioquia, pero a cientos de kilómetros de ahí, donde hace un calor desconocido para ellos, en el primer éxodo colectivo que enfrentan los exguerrilleros que firmaron la paz en 2016.

Dieron las gracias a sus vecinos, cargaron sus animales en camiones y se despidieron sin abrazos por culpa del nuevo coronavirus, antes de tomar carretera. Fue un viaje de desarraigo y tristeza que duró 23 horas y que los llevó a tierras extrañas donde excompañeros de armas les darán acogida como desplazados.

 

LEG