Durante décadas ha existido una relación de tensión entre quienes tienen el monopolio de la fuerza de los Estados y aquellas personas cuyos derechos y libertades, lejos de ser resguardados por las autoridades, son reprimidos y segregados. Así sucedió en la India, donde, a través de la resistencia pacífica, el movimiento independentista encabezado por Mahatma Gandhi logró que las autoridades mostraran su cariz autoritario, provocando que la población se volcara a favor del movimiento y en contra de la represión.

 

Las protestas de Martin Luther King Jr. tuvieron un efecto similar. En ese entonces, el movimiento en favor de los derechos civiles en Estados Unidos de América se basó en los principios de desobediencia cívica que expusieron el racismo existente en el sur del país y las violentas acciones que en nombre de la representación política eran llevadas a cabo por las fuerzas del orden.

 

A través de estos movimientos y de muchos otros se profundizó una división entre oprimidos, opresores y audiencias. Los primeros son generalmente quienes han iniciado los movimientos transformadores a nivel mundial, con el objetivo de generar sociedades más justas y equitativas. Los opresores han sido en su mayoría Estados autoritarios. Las audiencias han sido y siguen siendo el elemento de cambio que decide unirse y apoyar a los oprimidos o a los opresores y por tanto se podría decir que son la fuerza más importante para que en algún punto las sociedades puedan transitar hacia un nuevo orden en el que el autoritarismo y el abuso del poder no tengan lugar.

 

En México, durante décadas, las clases marginadas, las personas pobres y olvidadas, y cualquiera que se atreviese a contradecir al régimen fueron oprimidos por un Estado que difícilmente toleraba alguna manifestación en su contra. Es cierto que esto no generó una sociedad mexicana racista, pero si propició un enraizado clasismo que dividió claramente a la sociedad.

 

A diferencia de otras latitudes, en México no existía un liderazgo que pudiese encabezar el movimiento de los oprimidos, pero esta escena cambió con la aparición de Andrés Manuel López Obrador y el Movimiento Regeneración Nacional (hoy, partido Morena), el cual se convirtió en la fuerza capaz de desnudar la violencia con la que el Estado negó el derecho al bienestar de las personas.

 

Hoy, la muerte de George Floyd en la Unión Americana está poniendo a prueba los límites de las protestas pacíficas y ha hecho que la sociedad norteamericana entre en un claro enfrentamiento contra las acciones coercitivas del Estado. De este choque tendrá que surgir una respuesta institucional que, de manera tajante, influya en el comportamiento social de las personas, para dar paso de una vez y por todas a la erradicación del racismo.

 

En México la situación es distinta, pues desde el Estado se promueve la resistencia pacífica, por lo que las actitudes coercitivas por parte de las autoridades no tienen lugar. A diferencia de otros países, hoy en México los oprimidos son la prioridad del Estado, y las audiencias han decidido apoyar este proyecto democrático. El pueblo es la fuerza transformadora del país que acompaña este proyecto, cuyo objetivo es desterrar a los opresores e instalar el respeto y la ampliación de los derechos.

 

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