Héctor Zagal
 

Dr. Héctor Zagal

Profesor investigador de la Facultad de Filosofía
Universidad Panamericana. SNI II

 

¿Ya tienen plan para el 14 de febrero? La verdad es que creo que salir ese día debe ser todo menos romántico. Los restaurantes, cines, parques y bares estarán a reventar. Y de los moteles mejor ni hablemos. Sin embargo, actualmente he visto un creciente desencanto hacia las relaciones de pareja. Menos jóvenes creen en un amor para toda la vida. Por un lado la creciente tasa de divorcios y las nuevas (poliamorosas) relaciones de pareja han fracturado la antigua idea que se tenía del amor. Pero, por otro, los jóvenes se han vuelto conscientes de que muchas actitudes consideradas “románticas” son, en realidad, violentas.

El amor duele. Peor tantito, parece que sólo ha arruinado la vida de las mujeres. Según una encuesta del INEGI, el 66% de las mexicanas ha sido víctima de alguna agresión física, emocional, sexual, laboral, etc. “Te pego porque te quiero”, dicen los machos más descarados. La violencia de género está arraigada en la cultura mexicana. “El que no chinga (lit. violar), no es chingón”, se predica a los
varones desde pequeños. Y de las mujeres se espera que sean sumisas y acepten los desplantes violentos de estos.

Pero no todo está perdido. Creo que revisar la teoría aristotélica de la amistad puede evitar que destrocemos nuestra vida en relaciones tortuosos, poco afortunadas. Hoy en día las llamaríamos “tóxicas”. Aristóteles distinguió tres tipos de amistad. Las primeras dos son por placer y por utilidad. En el primer tipo, los amigos se proporcionan recíprocamente placer (aunque esto no necesariamente
tiene una connotación erótica). Por ejemplo, son aquellos amigos con los que se pasa un buen rato jugando fútbol, tomando cervezas o en el X-Box. El segundo tipo de amistad se basa en el provecho que podemos sacar de la amistad.

Por ejemplo, alguien es mi amigo porque me pasa la tarea a cambio de que lo proteja
de los ‘bullies’ del salón.

La tercera forma es la amistad por virtud. En este tipo de relación se quiere a la otra persona por sus virtudes morales e intelectuales. Es decir, se le quiere por lo que es, no porque nos sea útil ni porque nos procure uno que otro placer.

Aristóteles señala que para que esta relación prospere, debe existir reciprocidad. Ambos deben configurar su personalidad de tal forma que sus virtudes sean atractivas para el otro. Esto no significa que deben obviarse los defectos. Al contrario, ser virtuoso implica reconocer los vicios y errores propios para corregirlos. Amar es querer el bien del ser amado. Por ello quien ama busca ser la
mejor versión de sí mismo.

Uno de los riegos de la juventud es no cultivar el arte de la amistad. Muchas veces varones y mujeres se comprometen tanto con su pareja que descuidan a sus amistades. El costo de este aislamiento es muy alto. Vivir para la pareja constriñe el crecimiento individual y la relación, por muy amorosa que sea, empieza a parecerse cada vez más a una cárcel.

La pasión desmedida no suele ser buena consejera. La literatura está llena de ejemplos de relaciones tóxicas que pudieran haberse evitado con un poquito de prudencia. Muchos jóvenes anhelan emular a Romeo y Julieta. Lamentablemente se les olvida que no duraron ni una semana y ambos terminan muertos gracias a algo así como un mensaje de WhatsApp que se quedó en la nube. Y claro, el
desprecio a la historia familiar los precipita a su trágico final.

La idealización del amado nos impide ser objetivos al momento de tomar decisiones. Antes de elegir comprometernos para toda la vida con alguien, hay que conocerlos por la mañana, sin haber tomado café, atorados en el tráfico.

¡Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

 

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