La final de Champions League que pudo ser y ya no fue. Especie de hechizo que, lejos de acelerar el partido y llevarnos a posibilidades maravillosas, durmió el cotejo cuando muchos aficionados ni siquiera habían llegado a su asiento en las gradas.

El gol tempranero y, últimamente, la más común de sus consecuencias: el vacío de futbol. Porque cuanto los dos entrenadores habían planeado y ensayado, nació caducado, casi desde el silbatazo inicial condenado a no llevarse a la práctica. A los pocos segundos se sancionó un penalti absurdo por donde se le busque: por la posición de manos del infractor, por el concederlo pese al reglamento, por no haber recurrido al videoarbitraje en un acto de absoluta soberbia. Convertido el penal en gol, el Liverpool realizó lo que tenía que realizar –defenderlo–, incluso a costa del tipo de juego que le conocemos. Ya no fue agresivo, ya no fue vertiginoso en sus transiciones, ya no fue profundo, ya no fue intenso…, ni falta que le hizo.

Al tiempo, el Tottenham jugaba nostálgico de sí mismo, incapaz de poner sobre la cancha lo que sabe. Harry Kane, el añorado en semifinales, ya pudo estar, mas tan fuera de ritmo que la añoranza fue hasta mayor. Lucas Moura, el héroe de Ámsterdam, varado en la banca hasta cuando ya fue tarde. Más de una hora tomó a los Spurs volver al partido, lo que consiguió empujado por la tremenda calidad del coreano Heung-Min Son. Cuando en el tramo final logró meterse y amenazar, siempre chocó con un portero espectacular como lo es Alison Becker.

No es exagerado decir que, por delantera que tengan y consumado que luzca su tridente ofensivo, este año los reds ganaron la Champions en donde la perdieron el pasado: en la portería, de Karius a Alison todavía más distancia que del Estadio Olímpico de Kiev al Wanda Metropolitano del Atlético.
Final aburrida y decepcionante, sin que eso sea argumento para criticar al Liverpool. Parte de la madurez de un entrenador es saber llegar a la meta y Jürgen Klopp lo ha logrado en Anfield, aunque en el duelo cumbre haya cambiado su heavy metal por un hueco silencio.

La última vez que el Liverpool se coronó en Europa, la de 2005, fue tras la remontada más electrizante en una final. El sábado en Madrid apostó por apagar la luz y le funcionó.

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Alberto Lati

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