La imponente vista de las oficinas de la FIFA hacia el Lago Zúrich, los inmensos ventanales rodeados de vegetación y recargados sobre una espléndida cancha de futbol en la que ha citado a jugar a grandes glorias de este deporte, ese poder al margen de todo poder desde el que se opera el balón, pudieron confundir a Gianni Infantino.

Hasta este miércoles, el presidente de la FIFA pensó que todo era posible: ser recibido con trato de honor por el dignatario que deseara, modificar las leyes locales de todo país al que llevara un torneo, amenazar al gobierno que osara meterse en el terruño del futbol por mucho que lo hiciera para combatir la más evidente corruptela.

Sí, hasta este miércoles, cuando no pudo concretar su Mundial de 48 selecciones para 2022. Quiso el destino que esa misma sede que jamás se atrevió a criticar durante su campaña a la presidencia, fuera la más chica a la que se haya otorgado un Mundial, lo que ha imposibilitado su ambición de adelantar el Mundial de 48. Porque la sede triple de 2026 ya fue establecida bajo el entendido de que habrá más partidos, más selecciones, más aficionados, más estadios, más alojamiento, más traslados, más logística, y para eso basta y sobra esa infinidad de kilómetros cuadrados norteamericanos…, pero con el minúsculo Qatar –como si un Mundial se realizara en Ciudad de México, Toluca y Pachuca– todavía no.

Así que la apuesta de Infantino para elevar la facturación desde 2022 con ese certamen de 48 equipos, era compartir un pedazo de Copa del Mundo con los vecinos de Qatar. Eso le habría una puerta ya explorada sin éxito por su antecesor, Sepp Blatter: el Premio Nobel de la Paz, en virtud de que hoy Qatar está peleado con todos sus vecinos y él los reconciliaría.

Acaso llevando cotejos a Dubái, Abu Dabi, Bahréin, por no decir su enemigo mayor, Arabia Saudita, lograra la doble hazaña: su Mundial de 48 desde ya y lanzar a la FIFA como la ONG que pacifica con su mero tacto.

Sin embargo, la misión fue demasiado complicada. A tres años y medio del Mundial, apenas dos naciones vecinas eran opciones reales para albergar partidos. Tanto Kuwait como Omán coincidían en no ser aliados de Qatar, aunque sí neutrales en esa disputa que tiene a los qataríes aislados por cielo, mar y tierra, bajo acusación de promover el terrorismo islámico (en la práctica, el meollo también radica en haberse acercado al líder chiita, Irán, contrapuesto al líder sunita, Saudiarabia).

La FIFA intentó con sus amplísimos recursos e influencias destrabar el enredo y, al final, fracasó.

Triunfo para los que amamos la Copa del Mundo. Al menos por última vez, y aunque sea en pleno noviembre, disfrutaremos de un Mundial como debe ser.

Sintomático que lo primero que festejan los aficionados en mucho tiempo, coincida con el primer revés genuino de quienes organizan el futbol.

Twitter/albertolati

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