Decía William Shakespeare que “el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores”, por eso la cotidianeidad de las conferencias mañaneras se ha convertido en un espectáculo. El presidente Andrés Manuel López Obrador en su papel de, sin intermediarios, dar la cara ante los asuntos nacionales y los periodistas en el de francotiradores del interés público.

Y es que emulando sus andanzas de cuando fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México, López Obrador, ahora Jefe de Estado, decidió ponerse en la primera línea de fuego frente a quien se pare de madrugada en Palacio Nacional para lanzarle un legítimo cuestionamiento o simplemente buscando el lucimiento personal.

Aquél que asista a las conferencias mañaneras pensando que dejará sin salida a AMLO, no lo conoce. El instrumental del que echa mano el tabasqueño incluye el dato, la opinión, el bateo, lo que diga el dedo y el silencio, que es siempre una respuesta.

En el ejercicio diario, con todo y sobresaltos, hay mucho de valioso. Ningún medio puede negar que tiene acceso a discrepar e intercambiar puntos de vista con el Presidente. El debate como esencia democrática. Si la comparación es con el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, la distancia es abismal. Vale la pena recordar que el 7 de noviembre pasado, el magnate corrió de la Casa Blanca al periodista incómodo de CNN, Jim Acosta, no sin antes humillarlo en público: “Te diré una cosa, la CNN debería estar avergonzada de sí misma por tenerte a ti trabajando para ellos”.

Pueden convencer o no las respuestas de López Obrador, pero no se le puede reprochar haberse escondido ni pretendido silenciar o humillar a nadie.

 

Ni en los momentos más complejos de hace unos meses cuando la ciudadanía ardía tras el descontento del desabasto de gasolinas.

No hay mandatario en el mundo que se coloque todos los días frente a la prensa para ser sometido al escrutinio. Claro que el sano ejercicio supone un potencial desgaste. Conlleva diversos riesgos instalarse todos los días frente a las cámaras, micrófonos y teléfonos inteligentes que suben en simultáneo la información a los medios tradicionales y a las redes sociales.

El mayor peligro que AMLO corre es el de la imprecisión, pero también el de la improvisación. O mostrar falta de coordinación, como cuando un funcionario de alto nivel sostiene algo para después ser desmentido por su jefe segundos después.

Como sea, el mecanismo es saludable. Es preferible escuchar de forma directa del tabasqueño, las posturas de su administración, que un gobernante encerrado, ensimismado y atrincherado. Obvio que para datos más precisos tenemos la Ley General de Transparencia y Acceso a la Información Pública con sus procesos formales y operada por el Inai, su organismo garante.

Pero la gran prueba de fuego en la relación López Obrador-medios de comunicación estará en el reparto de la publicidad gubernamental, donde los Presidentes suelen materializar sus filias y fobias. Veremos.