Se publicó recientemente el Índice de Democracia 2017; es la décima edición de este estudio anual realizado por el prestigioso semanario inglés The Economist, que “mide” el estatus de la democracia en 165 estados independientes y dos territorios, cubriendo casi la totalidad del planeta –la ONU reconoce, a 2018, 193 estados soberanos–. Se evalúan cinco categorías: procesos electorales y pluralismo; libertades civiles; el funcionamiento del gobierno; participación política; y cultura política. Estos resultados determinan, vía una calificación del 0 al 10, si un país o territorio es considerado como “democracia plena”, “democracia defectuosa”, “régimen híbrido” o “régimen autoritario”.

En 2017, solo 19 estados (4.5 % de la población) eran “democracias plenas”; 57 eran “democracias defectuosas” (44.8 %); 39 tenían la etiqueta de “régimen híbrido” (16.7 %); y 52 eran “regímenes autoritarios” (34 %). En contraste, la población bajo estas categorías en el Índice 2016 era: 4.5 %, 44.8 %, 18 % y 32.7 %, respectivamente. En un año, pues, bajó la proporción de personas en regímenes “híbridos” y subió en “autoritarios”, mientras que en las democracias “plenas” y “defectuosas” se mantuvo la tasa. Esto no es buena noticia.

¿Quiénes son las “plenas”? Noruega, monarquía constitucional, es el número uno mundial con 9.87 de calificación. En este grupo también se encuentra Canadá, en el sexto general, con 9.15 final; así como Países Bajos, en el 11, con puntaje de 8.89. Las “defectuosas” incluyen, por segundo año consecutivo, a EEUU en el 21 mundial, con 7.98; aquí también están Francia –29, 7.8–, Brasil –49, 6.86– y México –66, 6.41–. En regímenes “híbridos” entran Honduras –82, 5.72–, Nepal –94, 5.18– e Irak –112, 4.09–. En “autoritarios”, encontramos a Venezuela –117, 3.87–, Cuba –131, 3.31– y China –139, 3.10–.

Regresando al caso mexicano, que en 2016 estaba en el lugar 67, nuestra peor calificación particular y única reprobada –las demás las pasamos de “panzazo” con seis o siete–, es “cultura política”, que se refiere a aquellas actitudes que hacen sustentable la democracia: en esencia, que los perdedores acepten a los ganadores y permitan una suave transición, y una ciudadanía pendiente –que evite que el proceso político se quede en pocas manos–.

En fin, ¿a qué conclusiones generales llega el Índice 2017?: “El puntaje global promedio cayó de 5.52 en 2016 a 5.48 (en una escala de 0 a 10). Unos 89 países experimentaron una disminución en su puntaje total en comparación con 2016, más de tres veces más que los países que registraron una mejora (27), (siendo este) el peor desempeño desde 2010-11 tras la crisis económica y financiera mundial. Los otros 51 países se estancaron, ya que sus puntajes se mantuvieron sin cambios en comparación con 2016”.

En un ensayo también publicado por The Economist, y que bien podría considerarse complementario al Índice 2017 –véase: https://econ.st/2mfustO–, el semanario hace una pregunta crucial: “La democracia fue la idea política más exitosa del siglo XX. ¿Por qué tiene problemas?”. Da dos respuestas: una, la crisis financiera mundial de 2007-2008, cuyas consecuencias no sorprende que estén ligadas a un decaimiento democrático; y la otra, bastante más compleja, el éxito económico de China.

Sobre esta última, menciona: “El Partido Comunista Chino ha roto el monopolio del mundo democrático sobre el progreso económico. (Mientras) Estados Unidos crecía rápidamente, duplicaba los niveles de vida aproximadamente cada 30 años. China ha estado duplicando los niveles de vida aproximadamente cada década durante los últimos 30 años. La élite china argumenta que su apretado control (…) es más eficiente que la democracia y menos susceptible al estancamiento”. Podemos decir, con seguridad considerable, que unos de los mayores peligros para la democracia son las victorias de los autoritarios.

@AlonsoTamez