Los doce días que he permanecido en Barcelona para realizar la cobertura del referéndum ilegal y del teatro de la proclamación de Independencia, me han servido para reencontrar a una ciudad a la que amo y que la hago mía.

 

Tenía ocho años cuando mi padre Don Joaquín Peláez me llevó por primera vez a la Ciudad Condal a ver un partido entre el Barcelona y el Bilbao. El Barca le ganó por un 2 a 0 y uno de los goles fue de Cruyff, el ídolo de un niño que pocos años después abrazaría al periodismo. Aquel Nou Camp del año 72 no tiene nada que ver con la majestuosidad del de la actualidad, igual que la propia ciudad.

 

Todo ha evolucionado. Junto a esa ciudad europea, cosmopolita que te atrapa desde las entrañas del Barrio Gótico sólo ves gente amable, agradable y educada. Por eso, más que nunca me siento español y catalán. Por eso tampoco entiendo el suicidio colectivo que el Presidente Puigdemont intenta hacer cuando él mismo sabe que lo que pretende es un harakiri colectivo que puede arrastrar a muchos con él. Y no sólo a nivel social. También económico.

 

El Presidente Puigdemont está incurriendo en varios delitos. ¿Por qué no da marcha atrás y espera a que se reforme la Constitución? Con esa reforma sí podría realizar un referéndum legal y vinculante. El Partido Popular y el Partido Socialista están promulgando esa ansiada reforma y digo ansiada porque la vigente es de 1978 y, desde aquel entonces hasta ahora muchas cosas han cambiado, desde un mundo individual a la aldea global.

 

Lo que sí le reconozco son buenas maneras y educación, así como a otros políticos catalanes independentistas o no. No es un tema de ideologías sino de formas.

 

Lo digo porque ayer me encontré en el Palacio de la Generalitat a un diputado de Ezquerra Republicana de Cataluña.

 

Mi instinto periodístico hizo que me acercara a él para hacerle un par de preguntas. El diputado correcto, educado parecía que iba a acceder cuando escucho una voz altisonante a un lado

 

-No, de eso nada-

 

Al voltearme vi a un joven con barba desaliñada a propósito, esa en la que el cabello del cuello se confunde con el vello del pecho. Vestía el joven unos pantalones de mezclilla, algo roídos, con una camiseta blanca de rayas horizontales color café que resaltaba aún más ese aspecto de pobre hombre.

 

– Perdón. ¿Y por qué no puedo entrevistar al diputado?

 

– Porque no.

 

– Hombre, el no, no existe. Siempre hay una etiología. -No sé si entendió la palabra, pero, a juzgar por sus hechos y el trato, la verdad no lo creo-.

 

– Porque lo digo yo. Porque soy Xavier el jefe de prensa y no le vas a hacer ninguna entrevista -y prosiguió con sus eufonías- Nos has criticado mucho.

 

Su corolario fue apoteósico.

 

-Vete por ahí.

 

Comprenderás querido lector que mi repuesta a esa mezcla de zafiedad y ordinariez, no podía ser otra que dar las buenas tardes y darme la vuelta.

 

Los que me conocen saben que soy una persona abierta, afable y cercana. Sin embargo no soporto la mala educación de este muchacho Xavier -todo un jefe de prensa de un importante partido político en Cataluña- o de cualquier otra persona que rezume necedad o estulticia.

 

En ese partido hay gente notable desde el punto de vista intelectual y humano. Un ejemplo, es el diputado de ese partido, Joan Tarda; ideológicamente nos situamos en las antípodas, pero es un señor honorable y educado con el que se puede mantener una conversación y discrepar sin enojos.

 

No tengo muy claro querido lector que, con el joven Xavier su partido tenga mucho porvenir, al menos en lo que a la comunicación de refiere.

 

Ahora entiendo el porqué de tanto exaltado por esos mundos de Dios. A lo mejor hay que recordarle al muchacho Xavier que la necedad es como la gripa, que se propaga con demasiada rapidez.

 

 

 

caem