Emperador en humildad

Alberto Lati

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Sus constantes risas no le quitan seriedad. Su tono coloquial, mucho menos. A seis años de haberse retirado, tener a Claudio Suárez enfrente continúa siendo, como siempre fue en la cancha, imponente.

 

Fuerte y alto, exhibiendo la mirada más digna, erguido y sereno en su caminar, todavía es fácil encontrar en él, con casi 48 años de edad, mucho de lo que lo hizo inmortal como defensa.

 

A toda felicitación por su ingreso en el Salón de la Fama de Pachuca, Claudio juega a restarse importancia, como si tantos años en la élite (tantísimos como para haber disputado 178 partidos con la selección: el tercero a nivel mundial en ese rubro), no lo hubiesen acostumbrado jamás a recibir halagos.

 

Comienza una plática futbolera en el programa Fox Sports Radio y, al recordar alguno de sus partidos frente a Estados Unidos, se apura en admitir su error en algún marcaje, si emergió antes, si apareció después, si le faltó intuición o precisión para evitar un remate. ¿Soberbia? Nunca en su discurso. Eso sí, el tipo de liderazgo que un colectivo deportivo necesita, la claridad de quien ha de ser seguido, el orgullo de aquél al que no se regaló nada.

 

Nacido en una familia numerosa en Texcoco, con problemas hasta para pagar el pasaje para poder probarse en algún equipo (Pumas, Atlante, América, Cruz Azul, todos estaban en el sur de la ciudad, a más de dos horas en transporte público desde la casa del futuro crack), con apenas algunas monedas sobrantes para comer alguna chatarra y eso ni siquiera siempre, con la necesidad de seguir cobrando por jugar partidos en su barrio, pese a ya ser profesional en Pumas, con la obstinación de continuar sus estudios de bachillerato, Claudio pudo contra todos los obstáculos, como después contra todo delantero que osara dejarlo atrás.

 

Modélico, disciplinado, responsable, entregado, su trayectoria fue impecable. En alguno de tantos caos en el sistema de dopaje de la FIFA se pretendió atribuirle una culpa ajena o una prueba mal hecha, embrollo del que salió como siempre con el balón: pulcro y claro, imperial como su nombre.

 

Por eso resulta tan relevante que el Salón de la Fama lo haya investido este martes en Pachuca: porque si un ejemplo hemos de señalar en nuestro futbol, Claudio Suárez puede resultar el primero.

 

Grandes defensas mexicanos irían a Europa después: Rafa Márquez, Carlos Salcido, Maza Rodríguez, Ricardo Osorio, Héctor Moreno, ahora Diego Reyes y Carlos Salcedo; Claudio, un poco anterior a todos ellos, jugó en una época en la que no era ni tan común ni tan sencillo brincar al viejo continente siendo zaguero. Hoy, lo tengo clarísimo, se lo disputarían las mejores ligas –alguna vez, en un partido conmemorativo de la FIFA, sus célebres rivales se impresionaron tanto que fueron a pedir a Jorge Campos detalles sobre ése, su compadre, levantado como monumento en la central.

 

Aunque ya sabemos que responderá riéndose, rehuyendo al cumplido y haciendo como si no fuera para tanto, muchísimas felicidades al Emperador. Nadie merece más que él esa investidura.

 

Twitter/albertolat

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